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lunes, 2 de abril de 2007

Elegir terapeuta

Cuando uno decide confiar en un terapeuta y seguir un tratamiento psicológico, está dando un paso importante. Es un camino para sentirse mejor, y para superar determinados conflictos o problemas. Pero tiene sus riesgos si se escoge mal al terapeuta, pues puede dañarnos de muchas maneras.
Hacer psicoterapia es algo cada vez más frecuente. Los motivos son diversos: conflictos en las relaciones, sensaciones de vacío, problemas de carácter. Otras veces es por síntomas de tipo obsesivo o por fobias, o incluso depresión. Algunos la buscan porque no se aclaran con su sexualidad o su identidad.
Y para elegir se apoyan en la indicación de un médico, o en los comentarios de lo bien que le ha ido a algún compañero o amigo. Y eso determina no solo con quién sino incluso el tipo de terapia: conductista, gestalt, humanista, psicodrama, de grupo o psicoanalítica, por citar algunas.
Lo importante es el terapeuta y su actitud hacia nosotros y no tanto el tipo de terapia. Se han realizado estudios en los que se demostró que la eficacia no residía en la técnica, sino en ciertas cualidades del terapeuta. Aunque como psicoanalista confío más en las terapias dinámicas o psicoanalíticas.
Lo primero que hay que saber es que el terapeuta no es homófobo. Y si es necesario preguntarle su opinión sobre la homosexualidad en el primer encuentro. Pues todavía hay muchos que consideran que la homosexualidad es una enfermedad o una desviación de lo normal. Y que si viene un homosexual “egodistónico” (es decir que no se gusta a sí mismo y quiere cambiar su orientación) le van a ayudar a intentar cambiar. Aunque eso no valga para nada, excepto para disminuir la autoestima del paciente y reforzarle su homofobia interiorizada.
A parte de los que están en contra, hay terapeutas no conocen bien la problemática específica de los gays, por que es un tema que no se estudia en las facultades. Por ejemplo las vicisitudes por las que tiene que pasar un gay para aceptarse y desarrollar su identidad. La importancia de la salida del armario. Lo que pesa en su vida el rechazo social, la ocultación, el fingimiento, el haber sido insultado y haber tenido que vivir temiendo ser descubierto…El papel que puede jugar el ambiente y lo importante que puede ser sentirse aceptado por él y adquirir cierta identidad gay o rebelarse ante ella. Los miedos específicos a no tener pareja, a la soledad, a la vejez. O los problemas específicos de los gays casados.
Que el terapeuta sea gay no es garantía de un buen trabajo, pues puede ser mal terapeuta, o tener una homofobia mal trabajada, que le haga ser cómplice inconsciente de determinados rechazos de su paciente de aspectos gays: rechazo a las plumas, o al ambiente en general, o participar de su pesimismo sobre la pareja gay.
A veces un buen terapeuta hetero acompaña mejor por las fases por las que tendrá que pasar el sujeto para aceptarse y vivirse en plenitud como gay, y a la vez solucionar sus otros problemas (quizás mucho más importantes) por los que acudió a consulta y que van a determinar el tratamiento. Su apertura, aceptación y capacidad serán suficiente para un buen tratamiento.

Abril 2006
(publicado en Zero 86)

La soledad creativa

Para mucha gente la soledad es sinónimo de angustia, depresión, desánimo; sensaciones de abandono, de vacío... En cuanto se quedan solos añoran la presencia de otro que les vitalice, que les saque del aburrimiento, que les haga sentir seguridad, que les calme.
Esto se debe a que no interiorizaron desde la infancia la capacidad de estar solos, de acompañarse a sí mismos y la vivencia de que pueden dirigir su vida. Como adultos se comportan y sienten como niños abandonados, impotentes ante su estado de desvalimiento. Buscan desesperadamente la compañía de alguien, y si no es posible pueden llegar a substituirlo por una actividad compulsiva o adictiva (internet, juego, drogas, sexo compulsivo)
Al fin y al cabo todos estamos solos existencialmente. Nos vamos a morir algún día y la responsabilidad de nuestra vida es únicamente nuestra. Pero eso no nos tiene que hacer sentir mal: en la medida que lo aceptemos y vayamos fortaleciendo nuestra capacidad de enfrentarnos a la vida con sus conflictos y problemas, y también en la medida que vivamos plenamente un proyecto personal, y disfrutemos de la existencia.
Por eso para vivir bien la soledad hay que fortalecer la identidad como sujeto separado del resto, que tiene sus propios deseos y necesidades. Que puede decir que no a lo que no le gusta y que puede pedir y mostrar lo que desea y necesita. Que puede crear y expresarse libremente, en la medida de sus capacidades.
Para saber lo que uno quiere tiene que poder reflexionar, pensar por uno mismo a solas, tolerar la incertidumbre del futuro. Y no se puede estar todo el día haciendo cosas, y huyendo de uno mismo en un continuo ir y venir. Hay que poder pararse y pensar. Vivir la contemplación: el poder concentrarse en la mera existencia, en la observación de lo que nos rodea sin ningún juicio o crítica. La sensación de paz, de quietud, de percibir nuestra respiración, nuestro cuerpo, nuestro devenir sin exigencias, sin preocupaciones.
Poder quedarnos solos con nuestro ser, con nuestros sentimientos y pensamientos. Y si al principio es angustioso habrá que hacerlo como un ejercicio paulatino, ampliando el tiempo que se es capaz de estar contemplativo. E incluso ayudándonos con técnicas como el yoga o la meditación.
El objetivo es poder quedarse a solas de una forma deseada y buscada, para así sentirse más integrado y pleno y poder relacionarse con las personas y las tareas de una manera más libre y gozosa.

Junio 2004
(publicado en Zero 65)

Joven con maduro

Muchos gays tienen clarísima su preferencia por gente mayor que ellos; y viceversa, preferencia por gente mucho más joven. A veces son relaciones con una diferencia de edad de más de 20 años. Con lo que uno podría ser el padre del otro. ¿Se está buscando realmente eso? ¿Qué dificultades tienen estas relaciones?
Es claro que cuando un chico de dieciséis busca a un hombre de 40 para formar pareja, esa relación va a tener muchos componentes de una relación paterno-filial. En lo sexual pueden ser amantes del mismo nivel, pero en el resto de su personalidad, la diferente madurez de cada uno, y el momento vital por el que están trascurriendo les van a hacer vivir unas tensiones tremendas por las discrepancias de intereses y necesidades. Mientras el maduro puede estar pasando por su crisis de los cuarenta y se replantea su vida (de la que siente que ha recorrido gran parte) buscando estabilizarse; el joven está en plena ebullición de su adolescencia, y está experimentando su entrada en la vida, sus comienzos en muchos temas: relaciones adultas, sexo, estudios superiores o trabajo, abandono de la casa paterna, independencia...
Con el amor no basta, ni con el sexo placentero que se pueda disfrutar; se dan problemas que a veces se parecen más a los que tiene un padre con su hijo adolescente: irresponsabilidad del más joven, excesivo espíritu de riesgo, no planificación o previsión de las cosas, errores o fallos por falta de experiencia, cierta impulsividad...O rebeldía del joven ante la actitud educativa del mayor que puede tener la tentación de pasarse intentando moldear al otro a su gusto, o mostrándose sobreprotector.
Es necesario armarse de paciencia y de ganas de dialogar; encontrar soluciones pactadas a los diferentes conflictos que puedan ir surgiendo, por las diferencias de necesidades. Ni el mayor puede estar siguiendo al joven por todos los “after” hasta el agotamiento, ni el joven va a “envejecerse” prematuramente, adaptándose a los gustos y ritmos del mayor, que pueden ser más sedentarios. Creo que es importante que cada uno conserve su inserción en su franja de edad, y que vista, hable, se relacione, con y como los suyos. Que no se aíslen a causa de esta relación y dejen de impregnarse de lo que les toca vivir por la edad. Aunque luego se enriquezcan con incursiones al mundo del otro.

enero de 2004
(publicado en Zero 61)

Distancias

Pablo llega del trabajo y aunque besa a Juan no se funden en un abrazo, ni se sientan un rato juntos, sino que se ponen a hacer cosas en la casa, cada uno en sus tareas. Juan va a verle de vez en cuando y le toca, le comenta algo sobre lo que está haciendo, pero Pablo procura zanjar la cuestión con poca palabras, y vuelve a lo suyo. Juan piensa que Pablo se ha vuelto frío y poco cariñoso, que es él el que lo busca y el que tiene que iniciar los contactos amorosos. Algo que Pablo no rehuye, pero ante lo que no manifiesta excesivo entusiasmo. Juan recuerda como al principio había interminables momentos en los que charlaban, se cogían de la mano en el sofá, o que pasaban interminables horas abrazados en la cama. ¿Se ha perdido el amor? ¿Ya no hay pasión?. Pablo parece muy satisfecho con el nivel de cercanía que hay, pero no Juan y a veces se lo reprocha con comentarios al vuelo: “Ya no me quieres”, “no estamos como antes”, “eres muy frío”... Pablo no entiende que eso sea así y piensa que es al revés, y que con esos comentarios es Juan el que se aparta.
Las parejas pasan por muchas fases y no todos los momentos son iguales. En la primera fase es normal que haya un deseo de fusión corporal, de cercanía intensa, de buscar la presencia del otro a cada momento. Es una fase, normalmente de enamoramiento, en que se funciona más como un “nosotros” que como dos individualidades. Pero la pareja va madurando y pasa a otro momento en el que ya no se busca tanto ese compartir fusional. Aunque no desaparezca la pasión, ésta se da en momentos más localizados, quizás alrededor de la cama.
Lo que ocurre es que con el tiempo se pone en evidencia la variedad de necesidades afectivas y de contacto físico de cada integrante. Es normal que al principio el que menos necesita tocar, besar, el que menos tierno es en su expresión corporal, ceda por la pasión del momento, pero en las siguientes fases de la pareja, éste vuelve a su “ser-algo-distante” y no quiera estar todo el día enganchado al otro, y no soporta tanto que se le echen encima. En nuestro ejemplo, es Pablo, que queriendo mucho a Juan, no necesita estar demostrándolo, y no necesita la presencia constante de Juan, algo que Juan si necesita. La cuestión es como llegar al equilibrio en estas necesidades. Para Juan , Pablo puede llegar a ser pesado; para Pablo, Juan se ha vuelto aislado y distante. Estos son típicos avatares de la pareja normal. Cada uno va a mostrar su afecto como puede, como ha aprendido a hacerlo a lo largo de toda una historia propia. El nivel de intimidad, de ternura que se necesita, o que se puede soportar, es diferente y lo importante es reconocer esas diferencias, aceptarlas y en todo caso aclararlo para así sentirse más libre para pedir y para negar. Son formas diferentes de expresar el amor, con diferentes necesidades de cercanía y ternura, que pueden variar a lo largo del tiempo y que no deben provocar una crisis excesiva en la pareja si cuando se den cambios, se interpretan correctamente.

Febrero 2003
(publicado en Zero 51)

Los reproches

Entre las formas de comunicación que tiene la pareja, hay una, especialmente negativa, que es el reproche. Es un uso del lenguaje como arma arrojadiza, como objeto. Lo que se dice va destinado a provocar una reacción emocional en el otro, y no comunica nada, ni busca un diálogo. La expresión “echar en cara algo” deja de ser metafórica, para convertirse en “arrojar un objeto contundente a la cara del otro”.
Muchas veces la frase de reproche empieza con los adverbios siempre o nunca. Por ejemplo: “Nunca pones la lavadora”. “Nunca me escuchas”. “Siempre llegas tarde”. O son frases categóricas del tipo: “Eres el más torpe del mundo”. “No se puede confiar en ti”. “Todo lo que dices es para confundirme”.
A veces son cosas que no se pueden rebatir, pues son afirmaciones tan generales, que algo de razón pueden tener. Es verdad que ocasionalmente uno puede no escuchar, o no pone la lavadora. Pero ¿siempre, nunca, todo, nada?
Los reproches buscan torpedear al otro, en su autoestima.. Son cosas ya dichas mil veces, que se sabe van a hacer daño. Ese es su destino el daño. Crean rabia y bloquean la capacidad de pensar.
Hay que aprender a informar al otro de lo que no nos gusta, pero sin reprochar. Así como a pedir, sin coacción. No es lo mismo decir simplemente ¿me puedes pasar el pan?, que ¡Hay que ver que ni se te ocurre ofrecerme pan! Después de una frase así, el otro queda bloqueado, pues aunque pase el pan, ya lo hará sin sentirse reconocido, y con el cabreo que da ser acusado de falta de atención o cariño.
El reproche , como forma violenta de comunicación que es , sólo puede generar más violencia. Es fácil que la cosa degenere en gritos y en bronca.
Si uno tiene que decir algo que no gustó, es mejor precisar lo que fue concretamente: “Me molestó que antes dieras un portazo y me despertaras de la siesta”, que no decir “siempre andas dando portazos y molestando”. Si concreto el otro podrá darse cuenta que hizo algo que molestó y que es corregible. Pero si digo la segunda frase, es como si no esperase cambio. Es un insulto, que constata la desesperanza de que el otro cambie. Traduce odio, lo que la primera frase no llega a tanto.
Es mentira que el otro pueda aprender con los reproches. Ni se le invita a cambiar. Se le insulta, se le bloquea, se le rebaja, se le deja impotente. Es como si tuviera implícito “todo lo que puedas contestar, será utilizado en tu contra” .
Diciembre 2002
(publicado en Zero 47)

Cibersexo

El uso que se da a Internet en la búsqueda de sexo, es enorme. Sea la visión de fotos eróticas, sea la búsqueda de relaciones virtuales, a través del chateo.
El cibersexo es anónimo, sin riesgos de contagio de enfermedades de transmisión sexual (ETS.), y no compromete mucho, permitiendo vivir fantasías que habitualmente no se pueden realizar. Queda todo en el mundo virtual.
Mucha gente usa este medio como una vía rápida para establecer contactos sexuales reales. Sustituyendo, en el caso gay, a saunas o bares, y otros sitios de ligue. Predomina un determinado grupo de personas (jóvenes, bisexuales, habitantes de zonas rurales o ciudades pequeñas) que ven más difícil o imposible el uso de otras vías.
Pero hay un tema preocupante, que se ha detectado en estudios realizados en diversos países (EEUU, Suecia, Inglaterra, Holanda). Y es el que la búsqueda de sexo a través de la red está asociado a un aumento de riesgo de transmisión de VIH y otras ETS (sífilis, herpes genital, gonorrea, etc).
Entre los gays que usan la red para sus contactos, hay una proporción, que va del 30% al 60% , que realizan prácticas de riesgo (coito anal sin preservativos, o recepción de eyaculación en la boca), cuando la tasa que encontramos en estudios realizados con gente que liga por otras vías es mucho menor. Y cuanto más exclusivo es el uso de Internet como vía de contactos, más alta es la proporción. ¿A qué se puede deber esto? ¿A una deficiente información? ¿Inconsciencia? ¿Al tipo de persona?
Hay gente que defienden el “sexo a pelo” (barebacking), buscando a otros para tener relaciones anales sin preservativos. Utilizan Internet para organizar fiestas, promueven signos de reconocimiento a la hora de ligar, y crean páginas web en las que se defiende este “derecho”. Lo ven como lo natural. Que va contra la “política del miedo” que se hace contra el SIDA. No quieren vivir con el miedo a infectarse, que condiciona su sexualidad. Consideran al SIDA como una enfermedad que va disminuyendo en su incidencia , que el riesgo que se corre no es tantísimo como se ha dicho, y que merece la pena correr ese riesgo. Y si se coge , es sólo una enfermedad crónica.
Los expertos consideran que esta “moda” llevará a una nueva oleada de contagios y un repunte de la enfermedad . Sobre todo entre los más jóvenes que no vivieron los comienzos de la epidemia, las muertes frecuentes de amigos, y que son más propensos a correr riesgos a cambio de tener una mayor “intimidad” con su pareja.


julio 2002
(publicado en Zero 45)