sábado, 10 de febrero de 2007

Amistad

Cuando hablamos de amistad nombramos, con la misma palabra, a muchos tipos de relación, que poco, o nada, tienen que ver unos con otros. Puedo decir que el quiosquero de la esquina es mi amigo porque me guarda las revistas, o que los compañeros con los que desayuno son amigos, y que el grupo de gente con el que me suelo reunir para salir son “mis amigos”. Está claro que con todas estas personas existe simpatía, cierto entendimiento, o que se puede contar con ellas para alguna necesidad concreta. La verdadera amistad no es eso
Es un tipo de amor. Amor diferente al de pareja o al de los padres o hermanos. Tan necesario para la construcción de la personalidad que difícilmente podríamos madurar y crecer como personas sin ello.
En la amistad uno dona algo de su ser, de su persona, en encuentros sucesivos, sin esperar a cambio más que ser correspondido. Compartimos los pasos que vamos dando en la vida, los temores que vivimos, las inquietudes, los logros y fracasos, los placeres. Nos gusta conocer al otro en su individualidad y en su particularidad, para aprender sobre la vida. Encontramos puntos con los que identificarnos.
La amistad está basada en disfrutar de la existencia de la otra persona tal como es y por quién es. Es la relación que implica más libertad. Por eso no puede estar basada en el interés o en la necesidad.
Tampoco permite la posesión, el dominio o la agresión.( Cosa que sí se da en la pareja). En toda relación amorosa hay mucha ambivalencia: amamos pero también mostramos odio en diferentes grados. La convivencia favorece esa expresión de la mezcla de amor-odio. En la amistad , como se vive en encuentros espaciados en el tiempo, se evita esa parte de odio.
El amigo es único, irrepetible, y nos satisface con su diferencia. Podemos tolerarle todos sus fallos excepto la deslealtad, el engaño, y la injusticia. Basamos la amistad en la confidencia, en abrirnos plenamente, con claridad y verdad. Es necesario confiar en el otro, y esa confianza tendrá que pasar por pruebas (que la vida trae sin necesidad de provocarlas).
Está claro que no podemos confiar en cualquiera, y que hay personas que, sin maldad, divulgan lo que se les cuenta, o trivializan la amistad que se les ofrece. Son personas que no pueden afrontar lo que queremos compartir con ellas, por sus propias dificultades personales, por sus miedos. Con su comportamiento destructor de la confianza, acaban confirmando lo que temen: que la amistad no es posible. Dejarán de ser nuestros amigos.

Agosto 2001
(publicado en Zero 32)

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