Blog personal con artículos publicados en revistas, críticas de cine y algunas entradas específicas dedicados a temas de psicología y pareja, en gran parte relacionados con el tema de la orientación sexual.
viernes, 20 de febrero de 2009
Cuando la pareja se rompe
La pareja debería tener en cuenta, casi desde sus inicios, que “lo más seguro es el adios” (parafraseando a Pedro Salinas) y que si tiene que suceder, es importante llegar a esa solución cooperando, dialogando. Nadie posee al otro; si se está juntos es por el mutuo deseo, por el mutuo amor.Si esto no se da, la disolución de ese vínculo puede ser necesaria.¿Por qué afrontarlo como una tragedia? Quizás sólo sea un paso más en la vida.
Es verdad que uno de los dos puede seguir “enamorado”, o crea que depende del otro para vivir y ser feliz. Pero si el otro no quiere seguir, a pesar de haberlo intentado, es mejor dejarle ir. ¡Qué dificil es dar esa libertad en la pareja! Cuando tendría que ser una idea que alimentara el amor de ambos, la idea de que la libertad y el crecimiento del otro son tan importantes como nuestra necesidad de amar y ser amados.
Es importante analizar el temor a quedarse solo, y la creencia de que sin la otra persona uno no es nada o no se va a poder vivir. Pues antes de esa relación existía la vida, uno podía tener iniciativas, actitudes, aficiones, que igual quedaron relegadas durante la relación con esa pareja.
Aunque nos lo parezca esa persona no es imprescindible. Muchas veces se puede argumentar que uno ha sacrificado su vida por el otro, o que ha perdido oportunidades por esa convivencia. En el caso de que fuera así, habría que poder hablar de compensaciones, incluso económicas (como se hace en los matrimonios cuando se divorcian o se separan).
Todo esto puede parecer muy racional y que rompe con la idea de una relación pasional amorosa. Pero es verdad que la pasión no debe impedir la razón y que el amor, que se instaura progresivamente en una pareja, no se basa solo en la ofuscación de un primer momento, que llamamos enamoramiento, sino en decisiones voluntarias relacionadas con la responsabilidad y el compromiso con el otro, que llevan a decidir vivir con el otro y a querer amar, cuidar y responsabilizarse del otro, como un compromiso voluntario. Este compromiso, que a veces se concreta en matrimonios y otras sólo en un pacto implícito de amor y de convivencia, es más racional que pasional.¿Por qué no hacer un acuerdo de disolución de la pareja, para proteger al más debil económicamente, o al que vaya a ceder derechos en beneficio del otro?
Por eso la disolución debería ser también más racional que pasional. Si no se busca el sentirse víctima, ni tampoco se quiere dramatizar en exceso.
Y entiendo que en casos de infidelidad, de maltrato físico o psicológico, es más difícil no caer en el victimismo. Pero aunque seamos verdaderas víctimas, la cuestión es no quedarse atrapados en ese lugar de forma indefinida y dolorosa, sino intentar quitar importancia, en la medida que curemos nuestras heridas. Y pasar página cuanto antes. Haciendo el duelo por la relación perdida y por todo lo que con esa pareja se deje atrás: personas, lugares, etc.
El perdón y las ganas de volver a disfrutar de la vida deben ser los motores que nos lleven a cerrar cuanto antes estas heridas. Y volver a confiar en los demás.
Habrá que aprender de la experiencia, para ver si se está repitiendo otra vez un tipo de relación que nos ha llevado de nuevo a un fracaso amoroso, y en ese caso habrá que analizarse, para ver porqué se “necesita” repetir estas experiencias, para ver como evitarlas.
Y para prevenir la soledad es muy importante no haberse aislado en esa relación, haber sabido conservar amigos, intereses personales, aficiones, que llegado el momento de la ruptura nos hagan de red de apoyos y de sostén para ese periodo de duelo que habremos de vivir.
Como consejo final, no obsesionarse con substituir enseguida a la persona perdida, pues se corre el riesgo de repetir la historia, o de no digerir la pérdida y no darse tiempo para confirmar la separación.
Libros:
La pareja rota, de Luis Rojas Marcos. Espasa.
Amar sin sufrir. María Jesús Álava Reyes. La esfera de los libros.
10 consejos básicos para el hombre gay. Joe Kort. Egales
Zero 115
escrito en Diciembre 2008
miércoles, 21 de enero de 2009
No ir de víctimas
A veces podemos ser víctimas de algo que el otro nos hace o dice con maldad y con voluntad de herir; otras veces nos hace daño involuntariamente; en otros casos teníamos unas expectativas sobre su conducta que no se cumplió (teníamos deseos no expresados o necesidades que esperábamos que el otro adivinara). Sea el motivo que sea uno no tiene por qué quedarse en ese lugar de víctima en el que nos colocó el otro, (o nos colocamos nosotros), sino que puede, y debe, solucionar el dolor o el conflicto cuanto antes.
Para conseguir esto hace falta entrenarse y practicar una nueva actitud hacia nuestras emociones, para distanciarnos de lo que ocurre en ese momento.
Si me cabreo o me siento dolido, o me siento humillado o soy tratado injustamente…lo importante es tomar algo de distancia con uno mismo y poder darse cuenta de lo que está pasando con nuestras emociones, y también con las intenciones o emociones del otro. Muchas veces éste no nos ha hecho nada con deseo de dañar o con voluntad de provocar, sino que se ha limitado a actuar con su manera de ser. Y esa manera de ser puede ser egoísta, o descuidada, o poco empática. O tener un pronto de mal genio. Pero probablemente no sea nada nuevo, sino que sea conocido por nosotros, y en todo caso sea algo que viene en el lote con esa persona con la que hemos decidido relacionarnos.
Por tanto si mi pareja o mi amigo es de una manera, tengo que intentar conocerle, para pedirle que no me haga determinadas cosas que me duelen, y prevenir y limitar lo que sé que no puede cambiar. Y si soy yo el que no pide lo que necesita o desea, tengo que aprender a ser más claro y pedir activamente. Es decir, transformo mi posición de víctima (que es pasiva) en algo activo: le pido (lo que quiero que me haga y lo que no me haga), hablo con él o ella, intento encontrar soluciones, y en todo caso acepto concientemente que si no puede cambiar, no voy a darle demasiada importancia a su forma de ser, que me puede molestar o herir. Voy a aceptar la frustración de mis deseos o necesidades que no puede satisfacer. No voy a sentir que me quiere hacer daño voluntariamente, cuando no sea así, y voy a intentar compensar su conducta, sus carencias o su forma de tratarme.
Si es necesario le voy a poner límites, por ejemplo, alejándome si me daña, o mostrándoselo en el momento, como haríamos si alguien nos pisa sin querer.
Puede ser que creamos que por sentirnos mal podemos tener un poder: el de generar compasión o culpa en el otro…y ese no es el camino para que la cosa cambie.
Ir de víctima, puede ser la manera de llamar la atención del otro, que nos haga más caso, que nos quiera más. Pero al quejarnos y reprochar creamos en el otro una reacción contraria a la deseada; igual ni se lo esperaba, pues no creía habernos hecho nada, o le avergonzamos y culpamos de algo que considera injusto.
Maltrato
Puede ser que estemos atrapados de verdad en una dinámica de maltrato, por temor a perder el amor del otro o su presencia, y aceptemos el sufrimiento inconscientemente. Lo que no tiene sentido es quejarse del maltrato, verse una víctima impotente, y quedarse ahí, jugando un rol de sufrimiento. Es un modo de sentirse desvalorizado, no querido. Hay que identificar esa dinámica y ver si el otro nos quiere herir y nos aguantamos. Por eso es importante luchar contra esa situación y, si no podemos salir solos, debemos pedir ayuda, incluso de un profesional.
Algunas carácterísticas que favorecen la dinámica de maltrato
1.Sentir mucha dependencia del otro.
2.Tener miedo al abandono.
3.Sentirse desvalorizado por el otro y aguantar humillaciones.
4.Tener que ocultar la situación de insultos, amenazas o peleas, para evitar peores consecuencias.
5.Tener la vida muy controlada y no sentir libertad.
6.Sentirse una posesión del otro.
7.Depender económicamente o físicamente.
8.Sentirse culpable por cualquier cosa y justificar el mal comportamiento del otro.
9.Haber aguantado situaciones similares en la propia familia.
10.Creer que queriendo al otro y tolerando la injusticia, la cosa va a cambiar.
En algunos casos se llega a tolerar la agresión física y esa es una señal de alarma gravísima, pero en general es mucho más sutil y se acepta una sucesión de vejaciones, desprecios, rechazos, insultos, descalificaciones…que pueden ir a más.
No tenemos ni que ser víctimas de nadie por su mal carácter, ni tender a “ir de víctimas” como forma de comunicación con otros. Tenemos derecho a ser felices y a disfrutar de una vida sin violencia ni sufrimientos innecesarios. Así que manos a la obra.
escrito en septiembre 2007
publicado en Zero 101
jueves, 8 de enero de 2009
Vivir lentamente
Si ha surgido un movimiento Slow, es por la situación de desboque, de hiper-excitación en la que nos movemos . Estamos acelerados, y esa aceleración se la imprimimos a todo. Así ¿como podemos observar la realidad, conocerla a fondo y disfrutarla?¿Cómo podemos conectar con nuestro verdadero ser, con nuestros deseos o necesidades?
Pasamos de una actividad a otra, de una persona a otra, sin apenas interiorizar lo que vivimos, sin hacerlo nuestro. Al final acabamos hastiados, agresivos,estresados, consumidos en un frenesí que nos lleva a una situación de vacío existencial.
Esto se nota sobre todo en las relaciones. ¡Con que facilidad se consumen los encuentros! Predomina la cantidad frente a la calidad, sobre todo en el terreno sexual, en dónde lo que importa es unas nueva conquista , pero no conocer al otro, o profundizar técnicas amatorias, o llegar a querer...
Nos conformamos con relaciones planas: con nuestras parejas, con los hijos, con los amigos. Es suficiente ver esa imagen que nos dan o que damos, pero no llegar a meternos en el mundo propio del otro, conocer cuales son sus deseos verdaderos, sus preocupaciones, su ser. A veces no podemos decir nada sobre las personas que le importan a nuestra pareja o cuales le producen conflictos; o que piensa sobre temas importantes de su vida. No conocemos apenas su historia vital.
Cuando utilizamos expresiones como vivir una vida plena, disfrutar a tope, llenar la vida, saborear las cosas...estamos indicando que lo verdaderamente valioso en la vida, necesita tiempo para ser vivido. Que, por ejemplo, no se puede improvisar una amistad, sino que se construye a lo largo de muchos encuentros y durante mucho tiempo.
Cualquier conocimiento de las cosas necesita ser profundizado para que tenga un verdadero valor. Lo otro es sólo un barniz. Necesitamos decantar los conocimientos a lo largo de los años, no de los minutos. Sintiendo calma interior, concentración. Sin eso ¿cómo se puede crear? ¿Cómo decidir por nosotros mismos?
La meditación ayuda a centrarse, a aquietarse, a tener una visión más amplia de las cosas. También ayuda el yoga, o el Pilates, o el Tai Chi. Lo mismo que el caminar, observando todos los detalles de lo que rodea, y del propio andar. La cuestión es que el cuerpo se integre de una manera, en la que no se le fuerce, sino que participe de una unión con la mente, que ayude a sentirse en armonía, en equilibrio.
Son técnicas que ayudan a pacificarse, a serenarse. Ayudan a pensar de forma más creativa, reduciendo el estrés y activando la parte del cerebro que nos hace descubrir soluciones intuitivas. Para a ser más globales y no tan analíticos.Nos hacen tomarnos tiempo para apreciar la vida.
Otras actividades interesantes para enlentecerse son la lectura, o la jardinería, hacer punto, cocinar, charlar con la familia, pintura, música...El sexo tántrico con sus sesiones largas de juego amoroso, sin prisas, valorando más el camino, que el llegar.
Vivimos en una cultura de lo inmediato,del no saber esperar, de no aceptar ni tolerar ninguna frustración. Esta cultura es individualista, narcisista, no cuenta con el otro, sino solo con la satisfacción propia. Al final es insolidaria, y hace la vida menos vivible.
Necesitamos una nueva escala de valores, que nos lleve a tomarnos el tiempo para disfrutar y saborear del trabajo bien hecho, las relaciones, el ocio y la propia vida.
escrito en octubre 2008
publicado en Zero 113
jueves, 25 de diciembre de 2008
Decálogo para una buena Navidad
1.El espíritu de la Navidad es un recordatorio de valores como el compartir, la solidaridad o el amor...pero no para que se hagan durante unos días gestos vacíos, como enviar tarjetas de felicitación, o correos electrónicos y mensajes en serie, “porque hay que hacerlo”. Es bueno renovar la idea de que el mundo puede ser más amoroso, más esperanzado, pero eso se consigue con actitudes de compromiso y de cambio, en el día a día, y no con palabras huecas.
2.Las tradiciones no son de obligado cumplimiento.
Está bien que haya tradiciones, pero que sean voluntarias. Podremos adherirnos a ellas, por gusto, por creencias, por que nos ayudan a disfrutar de la vida, pero no, sólo, por un imperativo social. La sociedad de consumo nos incita a llenar la casa de objetos decorativos, que imitan a otras culturas y que, en el caso de los árboles de Navidad, implican un sacrificio anual, innecesario, de miles de árboles.
3.La familia ideal no existe.
No podemos empeñarnos en llevarnos bien con la familia, durante unos días tan estresados, si ni les hablamos habitualmente. Hay que aceptar que los problemas con ellos se deben solucionar durante todo el año, y llegado este momento no fingir que no pasa nada y juntarse a la fuerza, para odiarse en silencio, o menospreciarse, o peor aún: discutir y pelearse.
La sociedad favorece el soñar con una familia ideal, pero no podemos imponer “un sueño” a la realidad.
4.Aprovechar las vacaciones para verdaderos encuentros afectivos.
Como se sale más, hay más visitas, contactos, procuremos que sean lo más verdaderos posibles. No es cuestión de visitar a una persona que no nos acepta como somos, o de organizar comidas o cenas con compañeros de trabajo que odiamos. Es preferible no ir, excusarse, y centrar nuestro tiempo y gasto en los que verdaderamente nos quieren y queremos.
5.No creerse el espejismo social de felicidad.
La gente no es más feliz en navidad. Ni siquiera todos los que se muestran tan efusivos,que se felicitan, o se sonrien. Son convenciones sociales, que se cumplen ritualmente cada año. Es agradable felicitar, o verse en un ambiente aparentemente cordial, aunque sea una vez al año. Pero no es más que una tregua. La guerra sigue (como en la película de Christian Carion, “Feliz Navidad”. 2005)Y es mejor no engañarse, y no envidiar lo que parece que otros tienen (familias unidas, muchos amigos, felicidad), pues mucho de lo que se percibe no es tan real.
6.Aprovechar para restablecer contactos con amigos, pero sin que se convierta en encuentros obligados. Pues eso crearía una sensación depresiva, de vacío, de distancia, de pérdida. Mejor es quedarse en casa solo, que recordarte a tí mismo lo solo que estás, sintiendote incomunicado estando en compañía.
7.Vivir las fiestas en función de nuestras posibilidades económicas reales.
No dejarse llevar por la presión social para consumir. Parecería que todos tenemos que gastar mucho en regalos, compras, fiestas, viajes...Y no es cuestión de desequilibrar nuestro presupuesto o endeudarnos innecesariamente.
8.Los mejores regalos no son los más caros.
Sino los que se hacen pensando en el que los recibe, en sus gustos, necesidades o deseos. Pero que a su vez tengan algo de nosotros en ellos: que se note nuestra elección, que lo hagamos personalmente, que no cree una deuda en el otro por un gasto excesivo, que sientan que tienen que devolvernos.
9.No hacerse listas de buenos propósitos para el año nuevo.
Disfruta del presente, del ocio, amplia horizontes, conoce a gente, pero no caigas en la tentación anual de los buenos propósitos. Pues luego son más frustantes por que acaban sin cumplirse. Piensa que las decisiones duraderas se tardan en tomar, que exigen meditación, tiempo, esfuerzos y sobre todo capacidad para ser llevados a la práctica. No sirve imaginar muchos cambios de golpe, o decidir aprender inglés, adelgazar, reformar la casa, ir al gimnasio, llevarse bien con la pareja, practicar ajedrez y colaborar con una ONG, todo a la vez.
10.Descansar.
¡Si al menos consiguieras descansar en estos días! En vez de días de vacación parecen más una maratón consumista.Y , verdaderamente, no hay que hacer nada. No hay que comprar, gastar, visitar, escribir, colgar, decorar...sólo hay que ser...y punto.
escrito noviembre 2008
publicado en Zero 114
miércoles, 17 de diciembre de 2008
¡La vida es ésto!
No siempre estamos muy conformes con la vida y la vivimos con pesimismo, pensando en la cantidad de sinsabores, de dolor, de sufrimiento, que contiene. A veces son las enfermedades, otras, las pérdidas, los desengaños y abandonos afectivos; las noticias de catástrofes que afectan a miles de personas; los conflictos con nuestra pareja; la frustración por no conseguir determinados objetivos; la falta de sentido, la sensación de vacío interior...
Ésta es la cara negativa, pero la vida siempre tiene otra cara y tenemos que esforzarnos por encontrarla, para vivirla. Por que, insisto, siempre está ahí.
Vivir un pequeño logro que nos hace ilusionarnos, conseguir disolver un conflicto con quien queremos,contemplar la belleza de las cosas y sentir nuestra propia presencia en el mundo.
Es verdad que la felicidad no suele ser un estado emocional muy duradero, pero tampoco tiene que serlo la infelicidad. Estamos continuamente intentando corregir nuestros estados emocionales, buscando huir de los que son negativos: la angustia, el dolor, la rabia, la inseguridad, el vacío, la soledad. Pero nos empeñamos en negarlos o en querer darles la vuelta, cuando lo primero es vivirlos, aceptarlos, para así poder ir cambiándolos en el “aquí y ahora”.
Es muy importante vivir el presente como el único momento real. El pasado ya ocurrió y no se puede modificar. El futuro no existe todavía. Y aunque podemos arrepentirnos de algo realizado, o temer algo por venir, no hay que darle a eso más peso que el necesario, para aprender del pasado y preparar buenamente el futuro.
Nos tenemos que quedar viviendo en el presente, en el instante real en el que estamos. Eso permite dejar de amargarse por lo que no está, ni es. ¡Cuantas veces nos hemos agobiado por una posibilidad futura que nunca ocurrió!¡Cuantas veces nos hemos mortificado inútilmente por cosas que sucedieron y que no podemos transformar!
Por supuesto podemos intentar reparar las cosas que hicimos mal, pero no sirve lamentarse o culparse. Por otro lado podemos preparar el futuro, pero no estar asustados con fantasmas y temores que no han sucedido. El que vive angustiado por la muerte, no puede vivir el momento presente, aunque sea maravilloso.
Busquemos la plenitud de cada momento; vivámoslo intensamente, con pasión. Para que cada día cuente. Que nos podamos sentir orgullosos de ese día a día, aunque no pase nada extraordinario. Por que la vida se vive en las pequeñas cosas, en los encuentros aparentemente banales, en las comidas, en los trabajos rutinarios, en las tareas domésticas...pero todo ello se puede vivir con un sentido de aceptación, buscándole su lado positivo y a veces precioso.
Si vivimos las cosas en el presente, se hacen nuevas cada vez. ¡Podemos contemplar a nuestra pareja con los ojos del primer día, o la ciudad en la que vivimos con ojos de descubrimiento; mirar nuestra casa observando los detalles, o nuestro trabajo, como si fuéramos de otra profesión. La cuestión es poder ver, sentir, percibir lo que hacemos con intensidad y sin tenerlo tapado por el velo del aburrimiento, de la monotonía. La vida siempre cambia...y, si queremos, no tiene porque aburrirnos nunca. Exige despertar de nuestro periódico letargo, de nuestro acostumbramiento perceptivo, para descubrir que lo que tenemos entre manos no es tan conocido, tan vivido como creemos. Y que a partir de lo que vivimos podemos seguir creciendo, aprendiendo.
¿Cuantas veces no pasa que vemos una película que creemos muy vista y descubrimos montones de escenas, de situaciones, de diálogos, desconocidos? Pues así es la vida. Es siempre más rica de lo que nos parece. Y hay que descubrirla, desvelarla. Con una actitud de intentar encontrar motivos de ilusión, de placer, de disfrute, o de paz.
Me viene al recuerdo la película “La vida es bella” de Roberto Begnini, en la que un padre,en la situación más extrema, hace, a su hijo, vivir la vida con ilusión. O el testimonio de Randy Pausch, en su libro “La última lección”, en el que sabiendo que va a morir, nos trasmite la importancia de vivir intensamente y disfrutando, con pasión, hasta el final.
Bibliografía relacionada:
La última lección. Randy Pausch
El poder del ahora, Eckhart Tolle
escrito en septiembre 2008
publicado en Zero 112
martes, 25 de noviembre de 2008
Parejas serodiscordantes
El hecho de que uno sea seropositivo y el otro no, hace que se viva la relación de forma diferente. Quizás el que es seronegativo, puede sentir culpa, por su suerte, (es un fenómeno paradójico, pero frecuente: ¿por qué a mí no?), o sentirse responsable de cuidar al otro, y tenga miedo de que pueda desaparecer antes de tiempo. También puede sentir rabia, si su pareja se contagió en una relación con otro, y darle vueltas al riesgo de haberse podido contagiar al no haber usado preservativos en sus relaciones.
Ambos (aunque principalmente el seropositivo) van a tener que vivir las fases del duelo al conocer que uno está contagiado. Esto implica múltiples fases como momentos de negación, de rabia, de falta de aceptación, de confusión, de depresión, y por fin, de aceptación de la nueva situación. El compañero tendrá que estar a su lado y tolerar momentos malos, hasta que se pasen. Dar cariño, comprensión, y participar de todos los pasos que tiene que dar su pareja para enfrentarse a la infección: visitas al médico, análisis, búsqueda de información, contacto con grupos o asociaciones de apoyo, etc.
El seronegativo tiene que informarse para tener muy claros los riesgos de contagio y no exagerarlos, pero tampoco negarlos. Es muy normal que a causa del amor que se tengan, la pareja tienda, con el tiempo, a familiarizarse con el tema y no quieran asumir que hay riesgos, y que tienen que estar protegiéndose de ellos. Es verdad que la infección es como un tercero que estorba permanentemente los encuentros sexuales, pero que no va a dejar de estar ahí porque no se piense en ello. Hay que automatizar los hábitos de protección, para actuar, responsablemente, siempre; realizando sexo seguro. Que no haya excusas como que “estábamos bebidos” o “fue un calentón” o “ya estamos cansados de tantos cuidados”. (En caso de rotura de preservativo o de sexo con riesgo, existe un tratamiento llamado PPE (Profilaxis Post-Exposición), que debe comenzarse entre 6 y 72 horas tras la exposición al virus).
Puede haber un deseo inconsciente de contagiarse, por parte del seronegativo, como una forma de estar más unido al otro. En otros casos puede ser para así eliminar el temor al contagio y la tensión. Pero si ambos fueran seropositivos deberían evitar el contagiarse con otras cepas del virus, que pueden activar la enfermedad, o contagiarse de otras infecciónes de transmisión sexual.
Utilizar una barrera protectora no impide una entrega total. Esta entrega no tiene que incluir el riesgo a infectarse, innecesariamente.Se puede desarrollar una vida sexual plena a pesar de no realizar prácticas de riesgo. Es cuestión de cuidar la vida erótica, desarrollarla con fantasía y responsabilidad. (Y de hecho es lo que hay que hacer con cualquier posible pareja, pues de entrada no sabemos su estado serológico).
Cómo decir que eres seropositivo a tu pareja
¿Cuándo?¿cómo? se lo digo. Hay gente que lo dice en el primer encuentro con un desconocido, arriesgándose a que el otro le deje plantado. Pero muchos otros esperan a ver si la relación se consolida, pues no quieren divulgar esta información. De hecho muchos gays han tenido la mala experiencia de ver como se difundía que eran seropositivos en su ambiente, sin poder ejercer ningún control sobre dicha información. Y han visto como esto les causaban muchos perjuicios.
Pero el dilema es cuándo decirlo a la pareja, al ver cómo pasa el tiempo y no se hace nada y cada día que pasa se ve que se complica la cosa, pues ¿qué va a pasar cuando se le diga al otro? ¿Cómo va a reaccionar? El temor fundamental es al rechazo y que se corte la relación. Quizás el otro se lo pueda tomar como una traición, o una falta de confianza, o que no se le tuvo en cuenta y no se le consideró con derecho a esa información, que se le puso en peligro de contagio, etc.
Si el otro tiene unos sentimientos positivos, amor por esta pareja, y es medianamente maduro, cuando se entere generalmente lo aceptará. A veces basta un “¿y qué?”, como dando a entender que ya tenía claro que si se daba esa posibilidad no iba a tener ningún problema; o puede que pase por una fase de sorpresa y de confusión, pero que pronto lo digiera y lo asuma como algo que está ahí, pero que no va a fastidiar esa relación amorosa.
En general habrá que buscar el momento y la situación que permita poder controlar la posible reacción del otro. Que haya tiempo para hablar en profundidad. Que el sitio permita desahogarse emocionalmente (no hacerlo en un sitio público).Haberse preparado bien sobre la información médica a dar y sobre todo del pronóstico de la situación. Si ya hay que tener tratamientos, si hay otras infecciones añadidas, que precauciones tomar. Pero sobre todo tranquilizar, y aclarar al máximo que excepto por algunos pequeños cambios, la vida en común puede seguir casi igual.
No bastará con una declaración, sino que habrá que continuar hablando durante mucho tiempo de los temores mutuos, sean respecto a la enfermedad, a la relación, a la familia, a lo que sea. Ver posibles cambios en la vida de cada uno. Y estar preparados a ciertas tensiones hasta que la situación se encaje de nuevo.
agosto 2008
publicado en Zero 111
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Psicología del armario
La idea de armario parece indicar que es un espacio cerrado, en el que uno puede ocultarse, protegerse, salir o entrar, vivir en él, a pesar de las limitaciones e incomodidades, y de cierta soledad.
Hoy día ese espacio va adquiriendo nuevas características, en función de los cambios sociales tan grandes que estamos viviendo, pero sigue existiendo (y haciendo daño) y todas y todos estamos en algún grado metidos en él, en gran parte de nuestra vida (aunque sea de forma intermitente).
En un primer momento de asunción de la posible identidad homosexual, el adolescente, o adulto, se encierra en el espacio de la propia mente, con la idea de ver hasta qué punto es gay o lesbiana, y si eso será para siempre. Puede ser que este pensamiento se pueda comentar con alguien, pero lo habitual es pasar los primeros momentos solos y, frecuentemente, avergonzados o asustados, por esa posibilidad: ¿Cómo va a cambiar mi vida? ¿Cómo se lo voy a decir a mis amigos o a mi familia? ¿Cómo se lo van a tomar? ¿Me hará diferente? ¿Me hará desgraciado? ¿Ya no podré tener una familia o una pareja “normal”?... Estos pensamientos conllevan una repercusión social: el secreto y la autolimitación de las conductas, por miedo a ser descubiertos (en un entorno homófobo).
Los adolescente actuales no ven precisamente aceptación en su entorno escolar o familiar, aunque algunos sí la tengan; temen defraudar a sus familiares o amigos, o temen ser rechazados. ¿Cómo aceptarlo? ¿Cómo decirlo? ¿A quién? ¿Cuándo?... (Y si es un adulto, con toda una vida como heterosexual) ¿Qué va a pasar con su estatus social, laboral o familiar? ¿Y sus hijos?
Por eso el armario es un espacio de reclusión, obligado, en un primer momento; que protege, pero también aísla; limita las posibilidades de relación y de expansión personal. Y no favorece ni la espontaneidad, ni la expresión de los verdaderos sentimientos, ni el desarrollo personal de forma completa. Además de exigir una cantidad de energía, para estar manteniendo la ocultación.
Es un refugio virtual, que para que nos oculte hay que estar continuamente levantándolo con evasiones, mentiras, falsas alusiones, secretos, excusas…nada muy liberador, ni positivo para la propia autoestima. De hecho genera falta de concentración, tristeza, inhibiciones, auto-rechazo, disminución de la auto-estima, ansiedad, temor, sentimientos de vergüenza o culpa, e incluso, a veces, trastornos psicosomáticos, depresión, y otros trastornos psicológicos (Incluyendo el intento, o la realización, de suicidio).
Eso no significa que no tenga algunas ventajas: permite sentirse seguros, controlar la situación, explorar la propia sexualidad sin interferencias de padres u otros adultos... Pero los inconvenientes anteriores hacen que cuanto antes uno salga (ante el máximo número de personas y situaciones y cuanto más tiempo) mejor.
Estas salidas no son definitivas, pues como la sociedad tiende a dar por hecho que uno es heterosexual, mientras no diga o se demuestre lo contrario, nos lo pueden estar levantando desde afuera. Y a veces podemos dudar si merece la pena salir de él (por enésima vez).
Esta experiencia del armario es única y consustancial con la homosexualidad. En general los otros grupos que pueden ser marginados o rechazados por la sociedad: etnias, razas, sexos, discapacitados…nunca pasan por un armario. (Quizás los practicantes de alguna religión minoritaria, en época de persecución). Y la sociedad, no lo tiene en cuenta a la hora de valorar el sobreesfuerzo con el que tenemos que vivir. Eso lo notan muchísimo los que en su centro de trabajo o escolar, tienen que estar continuamente ocultándose. O los que en su familia no pueden dar explicación de su situación afectiva.
Es difícil que en el desarrollo psico-social de los gays y lesbianas, no tenga que haber un “armario”, pues, incluso aunque uno no quiera, alguien lo va a poner desde afuera,. Y en la adolescencia es normal pasar por un momento de aclaración en soledad.
Pero al menos debemos procurar que sea leve, que no dure, que tenga más ventajas que inconvenientes, y que sea voluntario. Que no implique aislamiento, ni dolor. Ni que el que lo habite crea que es el único ser de la tierra que pasa por esa experiencia, sino que tenga información y recursos, para poder aclararse, decidir, apoyarse para la salida, y que pueda tener perspectivas esperanzadas de futuro, que lo de afuera sea visto como un horizonte de realización y felicidad. Y para eso los educadores, psicólogos, médicos y personal asistencial, deberían conocer esta realidad, para poder ayudar a los que la padecen e intervenir en los casos que pueda ser necesario, para evitar tanto sufrimiento.
Los adolescentes y adultos en duda, deberían poder tener más recursos a mano, como teléfonos de atención, grupos de ayuda, centros de información, y sobre todo personas concretas, dispuestas a darles motivos de esperanza y de ilusión al vivir esta orientación sexual.
Julio 2008
publicado en Zero 110
jueves, 2 de octubre de 2008
¡Llamadas!
“Este fin de semana no me llamó nadie. Esperé junto al teléfono recordando escenas de amistad, momentos en los que yo había llamado a otros, que les había ayudado y que sentía que había sido generoso o entregado.
Considero que tengo muchos amigos; que sé cuidarles; que tiendo a escuchar e invito con frecuencia a venir a casa. Me ven como alguien que está disponible, que se puede contar con él, que no cierra las puertas. ¿Por qué no me llaman?
Quizás sea por que les di una imagen de autosuficiencia, de que puedo con todo. O, a lo mejor, es que no he mostrado necesidad y quiero quedar siempre por encima.
De hecho no suelo pedir. Y no pido, no por orgullo, sino, por temor. Temor al “no”. Menuda broma: yo estoy encantado de dar y no paro, pero soy incapaz de pedir (e incluso, sospecho que, de recibir).
Alguno me dice que me ven siempre ocupado. Y eso es verdad. Tengo muchas tareas. Igual lo hago para no pensar mucho en mí mismo. En que me siento un poco solo a pesar de tener tantos amigos, y de hacer tantos planes. Y que no se me da mal eso de ligar. Pero echo de menos algo. Quizás sea vivir que soy imprescindible para alguien. Y no ser uno más del listín telefónico de mis amigos. Que no se acuerden de mi sólo por lo buen conversador que soy, o para ayudarles en una mudanza, o cuando estén deprimidos, o por que no saben con quien quedar para ir al cine.
Me doy cuenta que doy por hecho que me quieren: y es verdad. Pero no me basta. Y no les hecho la culpa, pues si lo pienso bien, yo soy el primero que no me implico del todo. ¿Quién es imprescindible para mí?
¡Joder, que duro me estoy poniendo hoy conmigo mismo! Pero es verdad. Es que estoy harto de esperar, y de que no suceda nada. Igual es el camino equivocado. Esperar. Al menos como yo lo hago: pasivamente y apoltronado en mi verdad de creerme buen amigo de mis amigos. ¿Seré tan buen amigo, cuando no confío en que me van a dar si les pido?
Este fin de semana, les puse a prueba: decidí no llamarles y no llamaron. Si lo pienso bien muchas veces me llaman. Y sé que me quieren. Pero algo tengo que cambiar. Tienen que saber lo vulnerable que me siento a perderles, a sentirme abandonado. Que los necesito más allá de quedar para una salida a tomar copas. Y que si estoy solo probablemente sea porque me da miedo pringarme de verdad, porque me han dado ya algunos palos, y no estoy dispuesto a repetirlos.
De hecho procuro no necesitar a nadie, o al menos que los demás crean eso. Si me dan plantón oculto mi enfado. Si me fallan los planes con alguien, rápidamente lo sustituyo para no sentirme triste. O mejor procuro no hacer planes con nadie e improviso.
Y no me considero hombre de pareja. Muchos conflictos. ¿O es que no me aguanto ni a mí mismo?
Repaso lo que he escrito y tengo la impresión de que tengo más fachada que otra cosa. ¡Qué poco me gusto! Me parece que me voy a llamar a alguien o acabo en la sauna. Tanto da.
No. Mejor me quedo en casa y sigo pensando que algo tengo que hacer con todo esto. No puede ser así semana tras semana. Algo podré hacer conmigo mismo”.
escrito en marzo de 2004
artículo publicado en Zero 67
lunes, 15 de septiembre de 2008
Volver a cambiar de acera
De estos casos se habla poco, pues muchas veces se les hace un cierto ostracismo entre los propios gays, o porque, ellos mismos, se apartan como si pudieran volver a “contagiarse” de los deseos que han tenido que dejar atrás voluntariamente.
En algunos casos puede que sean bisexuales, que viven su bisexualidad de manera diacrónica: ahora soy gay, luego hetero, más tarde, quizás, otra vez vuelvo a tener una vida gay en encuentros casuales…
Lo triste de todo esto es que se tenga que vivir como situaciones excluyentes: o soy una cosa o soy otra. Cuando la identidad sexual no siempre es algo fijo y estable.
Algunos viven historias de amor con una persona del mismo sexo y se consideran a sí mismos como heteros, pues en el caso de cortar buscarían, esta vez, una pareja del otro sexo.
Lo complicado para ellos es como integrar estos vaivenes en sus vidas y poder ser entendidos por sus parejas nuevas y antiguas. Y por el entorno que les rodea.
Es muy común que al que pasa a tener una relación hetero se le califique de “gay encubierto”. Que se piense que no se acepta y que lo que está haciendo es engañarse durante algún tiempo, pero que antes o después la cosa explotará y volverá a tener relaciones gays.
Esto no es así en todos los casos, aunque pueda serlo en algunos. Probablemente vivan mucha presión social y no se llegan a aceptar como gays. Son estos los que, todavía (en una época de normalización gay) piden tratamiento para reorientar su sexualidad, huyen de sus propios sentimientos y se aferran a una relación con una persona del otro sexo, que les “normaliza” su vida social y personal.
La variabilidad humana es infinita y no deberíamos tener prejuicios si alguien nos cuenta que está pensando en este cambio.
¿Por qué no podemos aceptar que un amigo gay se vuelva hetero? Cuando, curiosamente pedimos que nuestros amigos heteros nos acepten cuando viven nuestro descubrimiento de que somos gays o nuestra salida de armario.
Probablemente una causa de ese rechazo sea debido al esfuerzo enorme que hemos tenido que hacer para aceptarnos como gays, decirlo en nuestro entorno y salir del armario. Podría ser vivido como una especie de traición a nuestra causa. Pero lo que para muchos no es una elección, pues nos vemos compelidos a vivir nuestro deseo unidireccional, para otros es más ambiguo o es bidireccional y pueden volver sobre el camino andado, quizás para siempre.
Si no estuvieramos tan marcados por el heterosexismo, que fuerza a delimitar en dos únicos grupos, gays y heteros, las posibles orientaciones sexuales, veríamos que es posible una gran variabilidad en la línea del continuum del que hablaba Kinsey, existiendo muchos grados entre dos extremos: de homosexualidad exclusiva y heterosexualidad exclusiva.
Reivindiquemos libertad para todos, incluso para los que sientan o piensen que quieren volver a cambiar de acera una vez más. Tendríamos que pensar que en vez de caminar por dos aceras excluyentes, por donde vamos es por una “zona peatonal” que permite situarse en lugares diversos que no se oponen, y que permiten mucho juego si ese es nuestro deseo.
abril 2007
Zero 97
miércoles, 27 de agosto de 2008
¡Cuestión de orgullo!
Todavía hay gente homosexual a la que el hecho de que se les hable del Orgullo Gay les rechina, o les molesta. Como si no fuera necesario conmemorar un día de lucha por la causa homosexual. Igual lo asocian con una marchas en las que abundan gente con pluma, o disfrazada festivamente (“que escandalizan, y no ayudan a la normalización”, dirían estos), o consideran que ser gay es un asunto que solo tiene que ver con lo que haces en la cama, y, “eso, ¿a quién le importa?”
Creo que es muy importante hablar de Orgullo Gay, porque tenemos que tener en cuenta nuestra historia, y saber cómo hemos llegado al momento presente. Y que para llegar aquí han hecho falta décadas de lucha. Que hemos sufrido siglos de oprobio y violencia. Que nos han tratado como monstruos o seres de segunda.
Los logros actuales de tipo social o político, no han llegado llovidos del cielo, o por la gracia benefactora de nuestros últimos gobiernos. Los hemos conseguido luchando, siendo visibles y el terreno ganado hay que seguir manteniéndolo, firmemente, si no queremos que nos lo coman los reaccionarios o los desinformados.
Hay que insistir en estar orgullosos de ser gays, para potenciar una visión positiva de nosotros mismos, ante los demás y frente a la auto-negatividad y la homofobia interiorizada. En general, y son muy pocos a los que no les ocurre esto, la gente acepta su homosexualidad a través de un proceso duro, de aclaramiento personal, de lucha contra la idea de ser de esta manera. Acompañados de sentimientos de vergüenza o de culpa, por ser así. Y cuesta aceptarse del todo.
Esta culpa y esta vergüenza, nos llevan a intentar mantener en secreto nuestras dudas o inquietudes sobre nuestra verdadera identidad. Y nos marcan una forma de comportamiento y estilos de ser, en los que predomina, usualmente, cierta desconfianza, cierta sensación de falta de derechos, la tendencia a complacer, tener miedos…
Nuestros adolescentes LGTB siguen sufriendo esta vergüenza y esta culpa, en un grado que parecería extraño, teniendo en cuenta los avances políticos o sociales. Pero no hay tanto avance, cuando vemos el grado de homofobia en nuestros centros escolares, o las tasas de suicidio entre adolescentes, por motivos de orientación sexual. Cada adolescente se plantea su vida como un ser único, y en principio, siente poca ayuda a sentirse seguro de su orientación sexual, y no está seguro de que va a seguir siendo querido y apoyado por la familia, los amigos, los profesores… La mayoría de los adolescentes se encuentran con la duda de si sus padres los aceptarán, o de si sus compañeros no les harán ostracismo. Ellos mismos saben que la familia puede estar políticamente de acuerdo con la homosexualidad, pero no van a estar de acuerdo si es la de un hijo o hija. Lo mismo los amigos.
Por eso, tras toda esa lucha por conseguir una identidad sana y segura, integrada en nuestro ambiente social, lo menos que podemos sentirnos es orgullosos de todo el proceso realizado, de haber conseguido logros que nos parecían imposibles (asumirnos como gays o lesbianas), y que no renunciamos a ser nosotros mismos, en todo lugar y situación. Sentir vergüenza o culpa sería darles la razón a aquellos que, a sabiendas (los reaccionarios), o sin mala voluntad (algunos familiares), nos han maltratado, han abusado de nosotros emocionalmente (al pretender que fueramos de otra forma y al denigrarnos y desvalorizarnos por ser gays o lesbianas).
Lo que tenemos que sentir es orgullo de ser como somos, y no avergonzarnos ni un ápice, y menos culparnos de nada. Los que se tienen que sentir culpables o avergonzarse, son aquellos que nos han rechazado e insultado, fueran familiares, o los que pretendían ser nuestros amigos.
Cuando uno está orgulloso, se valora, se reivindica en cada gesto espontáneo de su comportamiento. Y si a alguien le molesta ese orgullo, es por su homofobia y no concibe que uno esté orgulloso de ser, naturalmente, como es: de una manera estupenda de ser, que uno no escoge nunca, que no es una “opción sexual”, sino una orientación, tan buena o tan sana como cualquier otra. Y que conforma un ejemplo de la diversidad del ser humano. Y dentro de los propios gays y lesbianas hay una inmensa diversidad que también hay que respetar, aunque a algunos les moleste, porque crean que no nos acerca a ser “normales”. Es preferible ser un “anormal” a ser un intolerante o un homófobo.
junio 2008
Zero 109
lunes, 28 de julio de 2008
Decir que no
Las personas con esta dificultad, generalmente tienen problemas para ponerse en su sitio y valorarse adecuadamente. Les crea culpa no satisfacer los deseos del otro. Sienten que agreden cuando se niegan a dar. O tienen un miedo inconsciente al otro en general, lo que les lleva a intentar agradar como sea, para que el otro no les rechace, les abandone o les ataque…
Antes o después se dan cuenta que no se puede ir por la vida así: Escuchando a vendedores telefónicos que no interesan y accediendo a darles los datos personales cuando lo que se querría es colgar. Teniendo que prestar cosas a un vecino gorrón, que siempre las devuelve estropeadas. Aceptando chantajes emocionales por miedo al abandono.
Para poder sobrevivir con uno mismo, aprenden a justificarse con frases como: “si dejo a mi novio coge una depresión”, “si no le presto la escalera al vecino cualquier día me hace algo en venganza”.
No podemos vivir con ese temor a desagradar, a frustrar los deseos de los demás. Porque antes o después ocurrirá. Con lo cual el límite es mejor ponerlo ya y aprender a decir que no. Cuando uno lo hace, comprueba que es como una liberación increíble el no tener que aguantar a pelmazos, poder proteger su tiempo, o sus cosas, sin temer el abuso de los otros.
Hay personas a las que su desvalorización inconsciente no les permite afirmarse ante los demás, pues éstos siempre son superiores o tienen más derecho que uno. Si lo que sienten es “culpa”, tienen que estar haciéndose perdonar mediante esta renuncia de los derechos propios. Y si lo que tienen es miedo: dan o huyen del contacto de los demás, para no tener que verse obligados siempre a dar. En ese caso no puede haber confianza con nadie, pues se teme que el otro nos arrase o abuse, simplemente porque nos muestre su deseo o su petición.
En casos muy patológicos (es decir que este fenómeno se de constantemente y nos haga muy infelices) está indicada una psicoterapia. Pero en general se puede dar de forma leve o intermitentemente (en una época depresiva por ejemplo) Y tenemos que conocer el mecanismo que opera en nuestro caso (miedo, culpa o desvalorización) para poder comprender el fenómeno y ponerle remedio.
Es fundamental aprender a decir que no. Y siempre es mejor decir “lo pensaré”, para así poder darnos tiempo a rehacernos y apoyarnos en lo que sea (otra persona, una fórmula, un truco o incluso una justificación, como mal menor).
Hay libros de autoayuda que enseñan a librarse de gente que quieren vender algo que no deseamos, o que potencian la asertividad. Pueden sernos de ayuda para automatizar respuestas que nos defiendan tanto de manipuladores que necesiten sacarnos algo, como de nuestros propios impulsos a ceder. También puede ayudar el llevar un registro de situaciones en las que nos hemos visto obligados a ceder, para así poderlo luego revisar y analizar en momentos de mayor claridad.
Enero 2006
publicado en Zero 86
sábado, 21 de junio de 2008
Abusos sexuales en la infancia
Los abusos se pueden dar por alguien cercano al niño, empezando por el padre, la madre, algún hermano, primo o amigo mayor. Esto hace la tragedia mayor, pues es más difícil luchar contra lo que pasa si con la persona que abusa hay un fuerte vínculo de apego, como es un padre. En estos casos el niño no tiene elección, no puede hacer más que aceptar pasivamente lo que está viviendo, intentando darle el sentido que le impone el adulto (que es un juego, que le va a servir de iniciación a la vida, que es la expresión de su cariño y de la importancia especial que tiene para él/ella), o intentar olvidarlo cuanto antes, quitándolo de la conciencia como sea.
Pero rara vez puede denunciarlo, si es alguien cercano, por temer a perder su protección o su cariño. Su mente infantil no tiene la capacidad de resolver el conflicto entre eso que no le gusta y que se lo haga alguien que, se supone le quiere, y es quien le alimenta o le cuida y le protege, y con quien tiene un vínculo imposible de romper.
A veces el niño se encuentra con la reacción de incredulidad de la persona a la que se lo dice, y puede inducirle una sensación de irrealidad: lo que está viviendo no existe, pues nadie le cree. “Eso no me está pasando”. (Muchas veces hay una complicidad familiar para evitar el escándalo o la ruptura) Con lo cual se le estimula a negar esa realidad y escindir su personalidad, para poder sobrevivir psicológicamente. Y eso que escinde pasa a hacerle sentir culpable (pues los demás podrían creer que la iniciativa fue suya), o vergüenza, ya que ¿qué valor tiene si lo usan de esta manera?
El niño tiene que soportar un secreto, impuesto por el adulto, que además de hacerle sentir humillado, dolorido, atemorizado (por la repetición de los actos que no desea), desvalorizado, con tensión…No es raro que eso implique un cierto fracaso en los estudios, por la dificultad de concentración, y una amnesia de una gran parte de la infancia, pues hay que sepultar bien hondo lo que se vivió.
Hay estudios en los que se ha comprobado como niños que fueron abusados y quedó constancia (por alguna denuncia o visita al hospital) cuando se les ha preguntado de mayores, no recordaban absolutamente nada. Y esa amnesia es más fuerte cuanto más cercano es el abusador, empezando por el padre, madre, hermanos…
Las secuelas del abuso no dependen exclusivamente de la duración en el tiempo de los abusos, o el tipo de abuso, sino que a veces abusos únicos, o que no llegaron a ser dolorosos físicamente, pueden dejar enormes consecuencias, debido al efecto traumático de lo vivido.
Entre las secuelas tenemos sensaciones de falta de vitalidad o de vacío, tendencia a las adicciones tanto ludopatías, drogadicciones, adicción al sexo… dificultades para establecer relaciones de confianza con los demás, depresión, pérdida del interés sexual, aislamiento, conductas autodestructivas, ideas suicidas, ansiedad, insomnio, sentirse diferente, temor ante las cosas que pueden sucederle, como si no tuvieran capacidad de control adulto de las situaciones vitales…
En las relaciones de pareja podrá tener dificultades para confiar, y poder permanecer en la pareja, Se ponen a prueba a las otras personas continuamente.
O podrá repetir la relación de abuso tanto buscando un abusador, como abusando de otros. Y pueden existir dificultades sexuales tanto por temores a la agresividad, como desarrollar una sexualidad agresiva, y tendencias a la promiscuidad. Y a erotizar el afecto, con lo que implica de confusión en las relaciones con los demás.
En la edad adulta es importante romper este silencio y compartir este secreto, para poder descargarse de tantas culpas y vergüenzas, así como de las otras secuelas comentadas. Existen grupos de autoayuda, tanto en persona como en la red. Y terapeutas que tratan estos problemas. Siendo muy comprensible que se dude en remover nada por temor a sufrir aún más, pero en general el efecto liberador es enorme.
Algunas personas recomiendan enfrentarse al abusador ya de mayores, denunciarle incluso. Creo que esta debe ser una decisión personal, que tenga en cuenta primero las necesidades psicológicas de la víctima, para no acabar peor que se estaba. Pero en el caso de conocer una situación presente hay que actuar inmediatamente para proteger a ese niño o niña y llegado el caso poner una denuncia, pues estamos ante un delito, castigado penalmente.
abril 2008
Zero 108
sábado, 31 de mayo de 2008
Irse a vivir juntos
La decisión de convivir no debe tomarse nunca a la ligera, por mucho enamoramiento que se sienta, pues si no se piensa y prepara bien, puede dar al traste con las esperanzas de que esa pareja dure y fructifique con los años. A veces es mejor seguir viviendo cada uno en su casa y darse tiempo para conocerse y adaptarse.
Al enamorarse uno idealiza al otro a partir de unas cuantas cualidades. Pero se quita importancia a otros aspectos que son muy importantes para convivir.
Mientras no se convive la relación se realiza en una sucesión de encuentros que se procura que sean felices, especiales, pero la convivencia implica compartir casi todo el día libre, una mayor dependencia, rutinas. Surgen nuevas responsabilidades como limpiar, cocinar, hacer la compra, el cuidar del otro, o planificar juntos muchas tareas. Y ahí surgen muchas posibilidades de vivir conflictos.
Por eso es necesario evaluar que se gana y que se pierde con la decisión de vivir juntos.
El nidito de amor se puede convertir en una prisión que ahogue y que haga odiar a quien más queremos, pues podemos vivir sus rasgos de carácter y sus hábitos como muestras de desamor. Y no tienen por que ser tales sino que esa persona actúe como era antes de convivir y no esté capacitada para los cambios que se le piden.
Algunas personas han vivido mucho tiempo solas y compartir su espacio les resulta una invasión intolerable. O les cueste mucho cambiar de hábitos: desayunar solos, uso del baño, poner música a su gusto, visitas de amigos o familiares, la decoración de la casa, el uso del teléfono o de la luz. Quizás necesiten tiempo a solas, con sus ritmos y su orden-desorden.
No se puede ir a convivir pensando que el otro se va a adaptar a mí, sino que la adaptación tendrá que ser mutua, y siendo realistas, teniendo en cuenta las características de cada uno, y su historia anterior de convivencias. No es lo mismo el que fue hijo único, que nunca compartió ni su cuarto, o el que tiene mucho egocentrismo y tiende a dominar.
Para algunos es fácil compartir cosas porque no les dan apenas valor. Otros pueden ser supermaniáticos con el cuidado de los objetos, con que nada se manche, se deteriore, o se rompa.
Convivir no se basa solo en un acto de buena voluntad, o de amor, sino que tiene sus propias reglas. Por eso no debe hacerse a ciegas y valorar si ambos van a poder tener mucho respeto al otro (su estilo de vida, sus necesidades, sus gustos), saber lidiar con los conflictos de intereses, ser tolerantes y generosos, y sobre todo dar libertad.
publicado en Zero 59
martes, 6 de mayo de 2008
Aceptar ser amados
Muchos gays dicen que no encuentran la persona adecuada de la que enamorarse. O si se enamoran, que la relación no puede durar, porque el interés y la atracción sexual desaparecen enseguida. Y no es porque no se esfuercen en amar a la otra persona, pero no les satisface y lo dejan. ¿Qué puede ocurrir?
Voy a contar el caso de Pedro. Un chico atractivo, con muchas cualidades intelectuales y físicas. Que se desenvuelve bien en el ambiente y no le cuesta trabajo ligar o llevarse alguien a casa. Pero no consigue que sus relaciones duren más allá de un par de meses. Y no deja de intentarlo, pero fracasa siempre. Cree, en el fondo, que los gays no servimos para crear parejas. Y que mejor se dedica a su trabajo, a su casa, a sus amigos. Piensa seguir aprovechando las oportunidades de tener sexo, cada vez que aparezca, pero no piensa ilusionarse de nuevo.
Su infancia fue la de un niño poco atendido por su padre, siempre ocupado en el trabajo y que prefería a su hermano menor, que le parecía más masculino, o al menos que compartía con el padre sus aficiones: fútbol, salir de caza, cosas así. Pedro estaba más apegado a su madre, y con más interés por actividades artísticas, toca un instrumento musical, es más sensible, expresa más sus rabietas y llora con frecuencia. Comparte con la madre ciertas confidencias que esta le hace, debido a su distanciamiento del padre, con el que desde muy pronto dejó de llevarse bien.
Pedro se siente muy obligado a contentar a su madre, y siente que ésta le asfixia un poco con sus exigencias de amor, de dedicación, y que ella está más interesada en sus logros artísticos o escolares, que en lo que verdaderamente le pasa. De hecho, él jamás le dijo que era gay, a pesar de lo mal que lo pasó en el colegio, intentando ocultar lo que sabía desde los 12 años. Por agradarle a ella, intento salir con algunas chicas, así como para ganarse la complicidad de sus compañeros, con los que mantenía cierta distancia emocional.
Pedro siempre se sintió rechazado por su padre y nada comprendido por él, y su madre le resultaba asfixiante. No se sintió, nunca, verdaderamente merecedor de cariño, por quién era, sino exclusivamente por sus logros académicos y por sus cualidades artísticas; y solo por su madre. Esto le llevó a crearse una idea inconsciente de que no merecía la pena intentar una relación duradera de amor con otro hombre, pues antes o después vendría el rechazo o la asfixia. (Se repetiría el rechazo vivido por su padre, o la asfixia y el exceso de demandas por parte de la madre).
Para él se convirtió la vida en un lugar sin posibilidad de recibir un amor reconfortante y placentero, que no implicara demasiados riesgos: el de ser rechazado o abandonado, y el de ser muy exigido. Eso no le impedía intentar enamorarse o amar a otros, pero ¿cómo tener éxito, si en lo más profundo de sus convicciones no podía creer en ello? ¿Si su experiencia, a lo largo de su desarrollo, fue la de que el amor auténtico no es posible?
Para muchos gays que han sufrido una falta de amor y una dificultad para tener una buena auto-estima y desarrollar la capacidad de quererse a sí mismos, es muy difícil el crear relaciones duraderas amorosas con otros hombres. La propia idea de que la homosexualidad es algo rechazable por los demás, les hace también rechazarse ellos mismos, y no esperar vivirla a través de relaciones amorosas duraderas, sino en todo caso a través del sexo, en relaciones sin profundidad afectiva, y muchas veces ocasionales.
Esta falta de creer en el ser queribles por sí mismos, les puede hacer rechazar profundamente la idea de que nadie va a quererles nunca de verdad, y no pueden confiar en encontrar una relación en la que verdaderamente reciban amor, cuidado, dedicación. Lo pueden boicotear, inconscientemente, llegando a provocar el rechazo del otro, de muchas maneras: por su frialdad o su desapego. O siendo ellos mismos los que abandonen precipitadamente la relación en una búsqueda de otra persona más idónea, más perfecta, que les dé algo que, no saben expresar, pero que no es lo que tenían con esta pareja, de la que se han desenamorado enseguida.
El haberse sentido poco amados de pequeños, o poco comprendidos, o incluso rechazados, deja una serie de estragos en la personalidad, entre los que se encuentra esta incapacidad para amar, pero sobre todo para recibir el amor que aunque se les dé, no pueden, inconscientemente, aceptar.
Zero 106marzo 2008
miércoles, 23 de abril de 2008
¡Lo que tu digas, cariño!
Muchas parejas toman sus decisiones mediante una fórmula que puede ser cómoda durante un tiempo, pero a la larga va a crear diferentes problemas: uno de los dos cede siempre o casi siempre.
La anulación de los deseos y necesidades propios no es la forma de construir una pareja, ya que produce frustración, apatía, desvalorización y pasividad. A la larga mucho resentimiento.
Puede ser que esa apatía o esa pasividad provengan de una auto-desvalorización, lo que hace que uno no se crea con derecho a expresarse o pedir. Pero la frustración de los deseos se queda latente y favorece de nuevo la desvalorización y pérdida de autoestima.
Por supuesto que en una pareja sana hay que ceder, ya que no siempre se coincide en las ideas, necesidades o deseos, pero hay que llegar a esa cesión por consenso, con una actitud justa, sin mucha desigualdad, en la que nadie quede vencido, y que tenga contrapartidas amorosas: Cedo por que me quieren, y porque quiero al otro.
No puedo estar cediendo siempre, empobreciéndome personalmente, y sin recibir a cambio casi nada. La pareja debe ser fuente de crecimiento, de estímulos positivos, de apertura a nuevas posibilidades de expresión del propio ser. Si solamente nos estamos coartando, no vamos a ningún sitio juntos.
Las causas pueden ser el temor al abandono del otro, o a su violencia, o a su carácter rígido o dominante. La tendencia a evitar conflictos, porque no se pueda soportar las tensiones o gritos. O, a veces, es una creencia en que al ceder uno es más “bueno” o más feliz. Pero insisto que no puede ser siempre a costa de uno solo.
Algunos ceden para no tener que mojarse y tomar sobre sí las responsabilidades. Si algo no sale, la culpa será del otro.¡Qué cucos!
octubre 2003Zero 57
domingo, 16 de marzo de 2008
Adolescentes gays: Una asignatura pendiente
Si la adolescencia implica un paso por una edad difícil, de crecimiento y cambio, el hecho de ser gay lo hace aún más complicado y duro. Durante esa etapa, se define la identidad personal, la orientación sexual, y se desarrollan aspectos intelectuales, habilidades, relaciones, decisiones. Pero los adolescentes gays siguen estando muy solos y aislados a la hora de tener que afrontar su sexualidad. Y esa es una signatura pendiente que tenemos con ellos.
El adolescente gay, se enfrenta a lo que le atrae sexualmente, sintiéndose diferente y sin modelos que seguir, ni gente a mano a la que recurrir. Sus deseos y sentimientos le alejan de sus iguales, de sus compañeros, que en principio, todos, se muestran como heterosexuales. Ha ido sintiendo desde pequeño un rechazo a
Cuando toca empezar a salir con chicas, a tener las primeras experiencias sexuales, el adolescente gay puede intentar, para no ser distinto a sus compañeros, probar con ellas. Incluso esperando que lo que siente y desea, sea solo algo temporal, que realmente se va a dar cuenta que le gustan las chicas y que se va a solucionar “el problema”.
Va tener dificultad en desvelar a sus amigos sus sentimientos homosexuales. Igual se ha enamorado de algún amigo heterosexual y es incapaz de decirle nada para evitar un posible y “seguro” rechazo. Puede que incluso disimule alguna pluma que le sale, e intente virilizarse, estudiándose al espejo, mientras habla o hace posturas masculinas.
Todo esto crea una tensión y un temor, generando ansiedad, baja autoestima y otros sentimientos negativos, que pueden llevarle a sufrir mucho. Desde trastornos psicosomáticos, hasta fracaso escolar, por la falta de concentración y su preocupación con el tema de no ser “normal”.
Si acaba definiéndose ante sí mismo como homosexual, va a tener que salir del armario. ¿A quién se lo dice, cómo, cuándo? Y, muchas veces, sintiéndose aislado y sin conocer a ninguna otra persona gay. Por eso es tan importante que en los colegios e institutos, se vayan creando tutorías de orientación sexual, como
La salida del armario normalmente se produce antes con algún amigo menos íntimo, por miedo a la reacción de los otros. Luego será con gente más amiga, y más tarde con algún miembro de
La aceptación por parte de sus familias y amigos es fundamental. Y el sentimiento de pertenencia. Sentirse excluidos, rechazables, genera un impacto tremendo, que influye en dificultades para su desarrollo como personas. Y cuando buscan ayuda, no siempre encuentran un apoyo o una información entre sus compañeros o los educadores, que pueden carecer de la adecuada formación y experiencia, o ser heterosexistas y que les hagan sufrir más y tener más conflictos consigo mismos.
No suelen tener modelos cercanos para saber como se vive la sexualidad gay y una vida gay que vean sana y normal. Y al intentar socializarse con gays, puede que encuentren sólo sexo y no la posibilidad de establecer relaciones románticas, como hacen sus compañeros heterosexuales. No tienen personas mayores, mentores, en los que apoyarse, y si encuentran a algún desconocido por Internet se arriesgan a una situación de verdadero abuso sexual.
De ahí, la importancia de que surjan grupos de apoyo, para adolescentes gays, y para sus padres. Para ayudarles en esa transición a una juventud gay sana, en la que se sientan con espacios seguros para vivir su identidad, sin temores, sin tantas dificultades como las generaciones anteriores, y que les permitan socializarse de manera adecuada, sabiéndose apoyados y comprendidos.
Los adolescentes son los más abandonados hoy, junto con los ancianos, en el cambio social que está sucediendo en relación a
Una manera de ayudarles pueda ser aumentando nuestra visibilidad, estar disponibles, como adultos gays, para que tengan diversos modelos, personas con las que hablar, conseguir que no se sientan tan solos y tengan apoyos, para que vivan mejor su difícil proceso de auto-aceptación.
Direcciones:
http://tutorglbt.blogspot.com/
http://todosigualestodosdiferentes.blogspot.com/
Zero 105
miércoles, 20 de febrero de 2008
El duelo
Para adaptarse a cualquier pérdida (sea la de un ser querido, un trabajo, una capacidad física, o un objeto) hay que vivir un duelo. Es un proceso psicológico interno para lograr un re-equilibrio. Se le llama a veces “trabajo de duelo”, pues implica tiempo y esfuerzo. Su contrapartida patológica es la depresión, que ya es una enfermedad.
El duelo para ser completado necesita pasar por las siguientes cuatro fases:
1. Aceptar la realidad de
2. Atravesar el Dolor y
3. Adaptarse al nuevo escenario en el que falta lo perdido. Darse cuenta de verdad de cómo es la vida sin la persona perdida o sin el estatus perdido necesita al menos tres meses de promedio: vivir solo, afrontar una casa vacía, arreglarse con la nueva situación. A veces hay que desarrollar nuevas habilidades que realizaba el ser perdido. Se puede caer en una sensación de incapacidad, de incompetencia, de infantilismo.... Hay que aprender a ser positivos y encontrar nuevas vías de afrontar
4. Recolocar emocionalmente lo perdido y continuar con
Zero 47
martes, 12 de febrero de 2008
Víctimas colaterales de la homofobia
No son raros los gays y lesbianas que a causa de la homofobia social y la falta de apoyos en su proceso de auto-definición sexual han pasado por una fase de heterosexualidad forzada. Gays que no tenían otra opción, o por vivir en medios tremendamente homófobos, o por tener muchas dudas sobre su sexualidad, o creer que nunca se les aceptaría como gays o por sus creencias religiosas. Han tenido, a veces, que casarse, o buscarse novia o novio, e incluso han acabado teniendo hijos. Y muchas veces sin mala voluntad, al menos conscientemente.
Han sepultado esa parte de sí mismos, de tal manera, que incluso han creído que habían solucionado ese “problema” por el que pasaron de adolescentes. A veces por haber sufrido una terapia mal conducida por algún profesional de la “salud mental”, que creen que la orientación sexual se puede reconducir, y que la homosexualidad es una enfermedad o al menos que si un paciente es infeliz por ser homosexual, hay que ayudarle a cambiar. ¡Qué mala actuación por parte de esos profesionales! Tratamientos, que incluso las Organizaciones Internacionales de Salud han recomendado su prohibición, debido al daño que causan a los pacientes que los sufren.
Pero veamos el otro lado del drama: todas esas parejas, esposos, amantes, compañeros, que han vivido parcial o totalmente engañados, o al menos ajenos al drama de su pareja y a una posible doble vida que han podido tener. Y esos hijos que van a padecer un grave conflicto familiar, cuando todo esto salga a la luz.
Al descubrirse la realidad de la orientación homosexual de su pareja, o que ésta, sin ánimo de engaño, se aclara y sale del armario tras mucho tiempo de duda, muchos lo han podido digerir por la buena relación que tenían y el proceso como se ha llevado esa salida de armario. Pero muchos otros lo viven como un auténtico shock, que les traumatiza enormemente.
No sólo se pueden sentir humillados por la infidelidad, sino que sufren una descalificación enorme, una sensación de haber vivido con un extraño, un odio y rabia intensísimos contra su compañero o compañera, y a veces una sensación de irrealidad (“esto no me puede estar pasando”) y de haber hecho todo mal, de no haber sido suficiente mujer u hombre para su pareja. La sensación de soledad es muy fuerte y se pasa un proceso de duelo tremendo, doloroso, y que es difícil de compartir si hay incomprensión por parte del ambiente que le rodea: ¿cómo es que no se dio cuenta de con quién estaba?
En parte van a sentir culpa, vergüenza, desvalorización, y otros sentimientos negativos, que serán más intensos, cuanto peor preparados estén para afrontar una situación así.
Los hijos podrán vivirlo de muchas maneras, influyendo el sufrimiento de la otra parte para que puedan incluso llegar a odiar al padre o madre que ha causado tanto dolor, y si no se les prepara, pueden adoptar con ese padre una actitud francamente homófoba y avergonzada. Algo que necesitaría ayuda para ser solucionado.
Puede creerse que este problema está ya obsoleto, y que no sucede hoy en día, pero, quizás hay disminuido en España, pero la homofobia social hace estragos en todas partes.
Muchas mujeres son usadas para tapar un problema social en muchos países, porque los que se casan lo hacen con la intención de curarse, y no revelan sus dudas o su vida anterior, y porque aunque realmente quieran a esa mujer y el tipo de vida de una familia tradicional con hijos, no les han dado la opción de elegir el arriesgar un proyecto de vida con alguien que antes o después aflorará su deseo y su necesidad de relaciones con su mismo sexo.
A parte de psiquiatras y psicólogos que influyen para que se creen estas parejas están movimientos como el de los Ex – gays , de los evangélicos, que se dedican a pretender cambiar homosexuales y convencerles de que pueden ser heterosexuales. Este movimiento muy implantado en Latinoamérica, empieza a hacer de las suyas aquí en España.
Es importante denunciar que ni la homosexualidad es una enfermedad, ni la orientación sexual se puede cambiar. Tan imposible es convertir a un heterosexual en homosexual como viceversa.
En algunos países las víctimas de esta situación se están organizando para darse mutuo apoyo y encontrar vías de recuperación de su trauma. No sólo para volver a sentirse bien como personas, sino también para poder volver a relacionarse con sus ex - parejas, que de alguna forma son víctimas también de unas estructuras homófonas, que nos influyen a todos y que van destruyendo personalidades impunemente.
Algunas referencias
Se pueden encontrar videos en inglés de mujeres contando su experiencia como víctimas de “ex - gays” a los que se les impulsó a casarse para curarse http://www.truthwinsout.org/
Existe una organización internacional de ex – parejas de personas LGBT, con delegaciones en 7 países.
Hay multitud de páginas del movimiento evangélico animando al cambio de orientación y de páginas homófobas que acusan al movimiento gay de presionar para que la gente no encuentre su “verdadero camino” (es decir el camino a la heterosexualidad) y como ejemplo de dichas páginas de odio homosexual está http://www.esposibleelcambio.org/ que se dirige a los adolescentes de esta manera: “has de tener muy claro QUE TÚ NO "ERES" HOMOSEXUAL, YA QUE LA HOMOSEXUALIDAD NO ES UNA “IDENTIDAD SEXUAL MÁS” (como nos quiere hacer creer la MANIPULACIÓN del lobby gay)”.
Zero 104
lunes, 28 de enero de 2008
Homofobia encubierta
La homofobia, no solo tiene una expresión burda y cruel, en forma de insultos, de ataques directos o de leyes represivas. También puede aparecer su violencia y su rechazo a través de muchas expresiones más o menos “blandas” o sutiles. Puede ser a través de actitudes o frases aparentemente neutras, o acciones u omisiones (más difíciles de percibir)…que siguen siendo formas de agresión.
“Antes muerto que un hijo maricón”. “Los gays son todos unos pervertidos”. “No puedo soportar la idea que una pareja de maricones o lesbianas críen a un hijo”…son ejemplos de homofobia evidente, pero hay discursos en los que se da una homofobia encubierta, apareciendo como tolerancia, que oculta un rechazo latente: “A estos chicos hay que respetarles. A mí no me importa lo que hagan en privado, pero en público, esas cosas no se deben alardear”. “Me parece bien que podáis casaros, pero que se pueda adoptar, no” “Yo te acepto, pero no puedo invitar a tu novio a la boda de tu hermana”. ”Suficiente problema tenéis con ser homosexuales como para que…” Es un “Sí , pero…”, que esconde el rechazo, y encima pretende quedar bien ante nosotros.
Parece que no nos atacan, pero tampoco nos aceptan del todo. Siguen dejando caer insinuaciones de que algo no está bien en lo que somos, y que eso es desvalorizable, o al menos inferior a lo heterosexual. O de que tenemos algo de lo que avergonzarnos.
En general estas personas se escudan en la convicción de que la normalidad solo es una, la heterosexual: “Los niños adoptados solo pueden ser criados por un padre y una madre” “Si la naturaleza nos ha creado hombre y mujer por algo será”… Y esta normalidad heterosexual es la buena, la verdadera, la natural, y lo que nosotros pretendemos, actuando normalmente nuestro deseo y nuestro amor, son cosas antinaturales, inmorales e inferiores. Sucedáneos del verdadero sexo, amor, matrimonio, familia…
Para muchos varones, debido a que la masculinidad se construye casi en exclusiva basándose en una fobia a lo femenino, es muy difícil eliminar su homofobia, aunque tengan simpatía por la homosexualidad. Y eso se expresa en forma de chistes o bromas. Y de insistir que son muy machos. O en calificar la debilidad, la cobardía, la torpeza con términos relacionados con lo femenino o lo homosexual: mariconada.
¿Hasta cuando tendremos que soportar esos deslizamientos lingüísticos que asocian atributos negativos a lo homosexual, pasando previamente por lo femenino? Porque el problema de base es tanto el heterosexismo (creer que lo heterosexual es lo normal y pretender imponerlo con violencia) como el machismo (basar la supuesta superioridad de lo masculino en el desprecio y la opresión de la mujer, y de lo homosexual por extensión).
En el caso de los propios homosexuales se da una homofobia encubierta a través del rechazo de la pluma, y del que es diferente: por sus comportamientos, sus prácticas sexuales, su ambigüedad…o por que haga incursiones a la heterosexualidad. Es colocar el auto-odio en los otros. Es degradar o excluir a otros a causa de lo que se nos hace por la sociedad. Muchos gays quieren ser “normales” y se quejan de la imagen que dan los otros gays ante la sociedad, que no permite que la sociedad “nos acepte”. Cuando no somos un grupo homogéneo. Y si nos ponen una etiqueta, es para así poder rechazarnos mejor: en bloque, atribuyéndonos cualidades comunes negativas.
Para los adolescentes y niños, la escuela es un lugar de homofobia encubierta por el simple hecho de que no se tienen en cuenta casi nunca las alternativas homosexuales de vida. Los ejemplos, los modelos son heterosexuales casi al cien por cien, y el chico o la chica ven, si no un rechazo directo, al menos, un vacío en el que tienen que reflejarse para encontrar su propia identidad gay.
octubre 2005
publicado en Zero 81
martes, 22 de enero de 2008
Miedo al rechazo
Todos nos auto-observamos críticamente y nos cuestionamos en cada encuentro, pensando en cosas como si tenemos buena presencia, si actuamos bien, o si hablamos adecuadamente. Queremos sentirnos aceptados y buscamos la aprobación de los demás.
Esto se debe a que nuestra identidad y nuestra valoración no vienen dadas por los genes, sino que se constituyen en la interrelación con nuestro entorno familiar y social. No siendo nuestra personalidad tan independiente como creemos.
Cuando hay miedo al rechazo puede haber un exceso de timidez, y de tensión en las relaciones. El encuentro con el otro no es confiado, seguro, sino que implica conflicto, desazón, e incomodidad.
Se le está otorgando más poder de la cuenta. Cualquier opinión o gesto suyo nos afecta; lo vivimos desproporcionadamente. Sea para aceptarnos o rechazarnos.
Esto puede llevar a una entrega servil, a ceder en nuestras opiniones y a no manifestar nuestros deseos. Querer permanecer pasivos, o ser invisibles, y no llamar la atención.
En otros casos la reacción puede ser opuesta y comportarnos agresivamente, irónicos, despectivos, como si no nos importara el otro.
Detrás de esta situación hay una inseguridad, basada en varios factores: Por un lado la desvalorización de uno mismo. Por otro una exigencia desproporcionada de lo que uno tendría que ser y tendría que lograr. Se proyectan estas desvalorizaciones y exigencias en los otros, viviéndose el rechazo como algo seguro.
Es preciso invertir las auto-descalificaciones en que uno incurre y fijarse en las cosas valiosas que se tienen. Aprendiendo a disculpar los propios errores y fallos. No sirve de nada atacarse a uno mismo. Si uno se rechaza a sí mismo, ¿cómo pretender que los otros no le rechacen?
Es difícil dejar de atacarse, pues esa actitud se basa en lo que hacían nuestros padres, y las figuras importantes de la infancia, que nos rechazaban, o que no nos daban cariño.
Debemos apoyarnos en recuerdos y testimonios de otras personas que sí nos valoren, que nos quieran y nos devuelvan un reflejo positivo de nuestra imagen. Para así rebajar ese rechazo interno, y esas exigencias sobre cómo somos. Para poder tomar nuestras cosas con más cariño y aceptación. Proyectando en el otro, en vez de rechazo, simpatía y acogida.
Hay que dedicar energía y tiempo a esta tarea y a cultivar relaciones que nos sirvan para crecer en autoestima y confianza. Poniendo en su justo lugar tanto lo bueno y valioso, como las limitaciones propias, para sentirnos más seguros.
Esa seguridad no va a evitarnos que nos puedan rechazar, pero sí puede evitarnos que sintamos estos miedos injustificados.
febrero 2002
Zero 37