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domingo, 9 de noviembre de 2014

Consulta de psicoterapia individual y de pareja en Sevilla

Algunas personas se han dirigido a mí para saber dónde trabajo y si es posible tener consulta conmigo.
Actualmente trabajo en consulta privada en Sevilla. Realizo terapia individual y de pareja con todo tipo de demandas: depresiones, crisis de ansiedad, problemas de relación, dificultades de pareja,trastornos de personalidad, fobias, obsesiones... Así como dificultades para asumir la propia identidad sexual, para salir del armario. O asesoramiento en temas de adopción.
Mi orientación en psicoanalítica y trabajo desde una perspectiva abierta a técnicas de otras corrientes, así como con terapia breve.
En los últimos años la demanda de consulta ha cambiado de los casos típicamentes psiquiátricos y de la psicopatología clásica: fobias, obsesiones, ansiedad y depresiones, a un tipo de demanda menos definido, en el que la persona se encuentra mal sin saber bien porqué, o sus problemas no son tanto tener unos síntomas claros, como el tener dificultades para ser feliz y poder realizarse, disfrutar de buenas relaciones, no entrar en conflicto permanente con los demás y cosas así.
Y las personas esperan no tanto una terapia larga de muchas sesiones por semana, sino más bien un tratamiento corto, centrado en el problema concreto que creen tener, y que tenga resultados de alivio y mejoría lo más pronto posible.
Por otro lado están los casos de dificultad para aceptar la propia sexualidad, que a veces llevan a un sufrimiento tremendo, motivado sobre todo por la homofobia social interiorizada por el sujeto, así como las dificultades que se temen encontrar por la posibles salida del armario. Esta cuestión se complica aún más en las personas que están casadas heterosexualmente y deciden asumir su homosexualidad.
Lo cierto es que la motivación para pedir una consulta es más amplia. Pues no se necesita sentir que uno esta enfermo, sino más bien que no se puede salir de ciertos atolladeros personales, o que no se pueden afrontar determinadas peculiaridades propias.
Yo atiendo en sesiones de 50 minutos, y si es preciso puedo hacerlo por teléfono o por video conferencia a través de Internet. Pero lo ideal es que al menos las primeras entrevistas sean cara a cara, para poder precisar mejor el diagnóstico y conocernos mutuamente físicamente. Eso permite que luego las sesiones sin presencia sean más eficaces y más fáciles de llevar.


Aquí dejo mi teléfono y mi correo para poder contactar:
954216020
656409609
jidc@ono.com

viernes, 10 de octubre de 2014

La multitarea daña nuestro cerebro

La idea de que podemos realizar varias tareas a la vez y que podemos estar atentos y enterarnos igual de bien de lo que hacemos, es falsa.
Hay muchos estudios que demuestran como la atención no puede dividirse de forma adecuada, y que lo que se hace simultaneamente, no se puede recordar igual. Y la ejecución de las tareas se resiente enormemente.

Tenemos un ejemplo clarísimo con el aumento del riesgo de accidentes de trafico, cuando se conduce hablando por teléfono, aunque sea con el sistema de manos libres. Se ha comprobado que el tiempo de reacción de frenado aumenta enormemente, simplemente por el hecho de estar hablando, aunque no se tenga el móvil en la mano.

En la mente se forman cuellos de botella, de tal manera, que ni la percepción de lo que atendemos puede darse simultaneamente de forma correcta, sino que se va alternando rápidamente de una cosa a la otra, y la respuesta psicológica y luego las acciones, se enlentecen.
En ciertos estudios, lo que se ha encontrado es que las personas que se creen más capaces de realizar varias actividades a la vez (hablar por teléfono, contestar o leer un email, repasar unas notas...) y que creen que están acostumbradas, sobrevaloran su capacidad y son  aún más incapaces, que los que casi nunca las realizan simultaneamente. Esto se debe a que el cerebro va sufriendo un daño, que persiste en el tiempo, y que hace a estas personas "multitarea" menos inteligentes, con menos memoria y menos atentas (aunque ya solo realicen una sola tarea).
Los jóvenes, tan acostumbrados a manejar varias pantallas a la vez (su ordenador, la televisión y el móvil o tablet) y a estar tuiteando, mientras ven un programa y buscan datos en Internet, están, sin darse cuenta, modificando su cerebro en una dirección inadecuada. (en un estudio de la Universidad de Sussex se ha comprobado que una zona del cortex cerebral de personas que son grandes multitarea, tiene menos densidad. Una región responsable de la empatía así como del control cognitivo y emocional)
Sean definitivos estos estudios o no, la cuestión es que la multitarea disminuye el rendimiento y la calidad del trabajo. Y perjudica la concentración, la organización y la atención.
Por lo que la recomendación es disminuir los momentos de multitarea a lo imprescindible, o si es posible nunca. Centrarse en una cosa al menos durante 20 minutos y luego cambiar a otra, pero no estar alternando incesantemente. Practicar ejercicios de atención plena, como centrarse en la respiración durante tres respiraciones, cada vez que nos acordemos. Y procurar descansar la mente de toda distracción o estímulo, periodicamente. Si es durante el día, puede ser durante unos minutos, pero también es importante dejarse tiempo para no hacer nada y estar en silencio o contemplando durante una tarde entera, o durante varios días.
Y es importante favorecer intercambios humanos, que no sean a través de medios técnicos, sino en presencia y dándose tiempo. Levantarse a hablar con un compañero de trabajo, en vez de mandarle un correo interno, o quedar con los amigos o con la pareja, para pasar un rato distendido juntos.
Nuestro cerebro lo agradecerá.

domingo, 31 de marzo de 2013

Big Eden (2000)

Director: Thomas Bezucha
117 min.
EEUU
Drama

Sinopsis:  Tras muchos años en Nueva York, Henry Hart regresa a su pequeño pueblo natal de Big Eden, en Montana, para cuidar de su abuelo. Henry se da cuenta de que tiene que afrontar su amor no correspondido por Dean, su mejor amigo del instituto. Sus sentimientos por Dean, que fueron la causa de su huida 20 años atrás, son aún muy fuertes. Por otra parte Pike se enamora de él. Este triángulo y una tragedia darán a los habitantes de Big Eden la posibilidad de ayudar a dos de los suyos. (FILMAFFINITY)

Valoración cinéfila 7/10

Interesante película sobre las dificultades para aceptar el amor, cuando se está traumatizado por las pérdidas de la vida y por la no aceptación de la propia homosexualidad.

El protagonista, vuelve a su pueblo, y tiene que enfrentarse al reencuentro con su amigo de adolescencia, de quien estuvo perdidamente enamorado.  Tuvo que huir, para poder soportar esa pérdida amorosa y también, probablemente para vivir su homosexualidad, que pensó no sería aceptada por su familia acogedora (sus abuelos) (ya que los padres habían muerto).
Henry se ha convertido en un exitoso artista en Nueva York, y todavía no ha encontrado una pareja, pues huye de la posibilidad de ser amado. No soporta la posibilidad de una nueva pérdida traumática, como la vivida con sus padres y con su amado adolescente. (Algo que queda no dicho en el film, pero que se va desvelando con su trama)
En el pueblo, encuentra un ambiente nada homófobo, más bien al contrario. Que está dispuesto a apoyar a las personas peculiares (como todos aquellos que están siempre en la tienda, sin hacer nada, por ejemplo) y que hacen una transición, aparentemente sin dificultad, a la aceptación plena de la homosexualidad de sus vecinos, valorados por sus cualidades como personas, antes que por su orientación sexual.
Henry, el protagonista, se enfrenta a su amor adolescente, para encontrar que no tiene sentido esperar más tras 20 años de atadura interna, y poco a poco es ayudado a darse cuenta que hay otra persona que sí está dispuesta a quererle de verdad: Pike, el propietario de la tienda.
Pike se ha enamorado de él y de forma tímida y callada va dando pasos de acercamiento y cuidado, que son percibidos por su convecinos, y apoyados por ellos, pero no por Henry.
Hasta que Henry, también tímido  e inseguro,  es ayudado a desvelar su posición en la vida: la de seguir huyendo y ser incapaz de aceptar el amor, por miedo a ser querido de verdad. Esto coincide en el film, con la situación real de pérdida de su abuelo, lo que le deja huérfano definitivamente. Un momento de crisis que le abre los ojos a su propia situación de huida y acepta arriesgarse.
Esta situación de temer el compromiso por miedo a una posible pérdida afectiva, es bastante frecuente. Lo que hace que la persona se boicotee las posibilidades amorosas, y aparentemente nunca encuentre el verdadero amor, y permanezca atado a personas que son imposibles de conseguir, o que no le corresponden.
En el caso de este protagonista tuvo varias pérdidas que pudieron influirle en su temor a ser querido y poder volver a perder ese amor. Y por otro lado el hecho de su homosexualidad no aceptada, le llevo a vivirse como alguien sin confianza, sin autoestima profunda, sin apertura.
Le dirán una frase muy interesante que reproduzco, pues alienta a los que huyen a permanecer confiados y esperar: “Escucha. ¿Sabes que lo que dicen si te pierdes en un bosque? Que si te quedas quieto, parado en el mismo sitio, y no te mueves, acabaran por encontrarte. Yo tenía la esperanza de que esta vez te permitieras ser encontrado, tenía la esperanza de que nos dejaras encontrarte. Pero continuas deambulando, y no nos dejas.”

Película muy adecuada para percibir la homosexualidad como algo absolutamente positivo y deseable. Que si encuentra el apoyo de la familia y de la sociedad, no tiene que representar ningún problema. Y que los hombres gays pueden amarse tanto y también como cualquiera.
Y muy interesante para aquellos que sienten que no pueden encontrar pareja y tienden a boicotearse en el empeño.


viernes, 20 de febrero de 2009

Cuando la pareja se rompe

Toda relación de pareja, cuando llega a su fin, produce dolor, sensaciones de pérdida o abandono, cierto temor a la soledad. Llegado ese momento se debería intentar que la ruptura sea lo mejor posible, planteándola como una fase que “tenía que llegar”, pero que puede permitir a los dos integrantes de la pareja crecer, madurar, recuperar la libertad...y en el futuro, incluso, recuperarse como amigos, cuando las tensiones pasen y las emociones no sean tan fuertes.

La pareja debería tener en cuenta, casi desde sus inicios, que “lo más seguro es el adios” (parafraseando a Pedro Salinas) y que si tiene que suceder, es importante llegar a esa solución cooperando, dialogando. Nadie posee al otro; si se está juntos es por el mutuo deseo, por el mutuo amor.Si esto no se da, la disolución de ese vínculo puede ser necesaria.¿Por qué afrontarlo como una tragedia? Quizás sólo sea un paso más en la vida.
Es verdad que uno de los dos puede seguir “enamorado”, o crea que depende del otro para vivir y ser feliz. Pero si el otro no quiere seguir, a pesar de haberlo intentado, es mejor dejarle ir. ¡Qué dificil es dar esa libertad en la pareja! Cuando tendría que ser una idea que alimentara el amor de ambos, la idea de que la libertad y el crecimiento del otro son tan importantes como nuestra necesidad de amar y ser amados.
Es importante analizar el temor a quedarse solo, y la creencia de que sin la otra persona uno no es nada o no se va a poder vivir. Pues antes de esa relación existía la vida, uno podía tener iniciativas, actitudes, aficiones, que igual quedaron relegadas durante la relación con esa pareja.
Aunque nos lo parezca esa persona no es imprescindible. Muchas veces se puede argumentar que uno ha sacrificado su vida por el otro, o que ha perdido oportunidades por esa convivencia. En el caso de que fuera así, habría que poder hablar de compensaciones, incluso económicas (como se hace en los matrimonios cuando se divorcian o se separan).
Todo esto puede parecer muy racional y que rompe con la idea de una relación pasional amorosa. Pero es verdad que la pasión no debe impedir la razón y que el amor, que se instaura progresivamente en una pareja, no se basa solo en la ofuscación de un primer momento, que llamamos enamoramiento, sino en decisiones voluntarias relacionadas con la responsabilidad y el compromiso con el otro, que llevan a decidir vivir con el otro y a querer amar, cuidar y responsabilizarse del otro, como un compromiso voluntario. Este compromiso, que a veces se concreta en matrimonios y otras sólo en un pacto implícito de amor y de convivencia, es más racional que pasional.¿Por qué no hacer un acuerdo de disolución de la pareja, para proteger al más debil económicamente, o al que vaya a ceder derechos en beneficio del otro?
Por eso la disolución debería ser también más racional que pasional. Si no se busca el sentirse víctima, ni tampoco se quiere dramatizar en exceso.
Y entiendo que en casos de infidelidad, de maltrato físico o psicológico, es más difícil no caer en el victimismo. Pero aunque seamos verdaderas víctimas, la cuestión es no quedarse atrapados en ese lugar de forma indefinida y dolorosa, sino intentar quitar importancia, en la medida que curemos nuestras heridas. Y pasar página cuanto antes. Haciendo el duelo por la relación perdida y por todo lo que con esa pareja se deje atrás: personas, lugares, etc.
El perdón y las ganas de volver a disfrutar de la vida deben ser los motores que nos lleven a cerrar cuanto antes estas heridas. Y volver a confiar en los demás.
Habrá que aprender de la experiencia, para ver si se está repitiendo otra vez un tipo de relación que nos ha llevado de nuevo a un fracaso amoroso, y en ese caso habrá que analizarse, para ver porqué se “necesita” repetir estas experiencias, para ver como evitarlas.
Y para prevenir la soledad es muy importante no haberse aislado en esa relación, haber sabido conservar amigos, intereses personales, aficiones, que llegado el momento de la ruptura nos hagan de red de apoyos y de sostén para ese periodo de duelo que habremos de vivir.
Como consejo final, no obsesionarse con substituir enseguida a la persona perdida, pues se corre el riesgo de repetir la historia, o de no digerir la pérdida y no darse tiempo para confirmar la separación.

Libros:
La pareja rota, de Luis Rojas Marcos. Espasa.
Amar sin sufrir. María Jesús Álava Reyes. La esfera de los libros.
10 consejos básicos para el hombre gay. Joe Kort. Egales

Zero 115
escrito en Diciembre 2008

miércoles, 21 de enero de 2009

No ir de víctimas

A lo largo de cualquier relación, sea de amigos, familiar o de pareja, se producen conflictos, tensiones, situaciones injustas, olvidos de cosas importantes, desatenciones…Uno puede tomárselo de muchas maneras. Si la tendencia es a tomárselo en “plan de víctima” se va a sufrir, y se va a hacer sufrir, mucho. Veamos como evitar esos sufrimientos y los tipos de víctima que podemos vivir.

A veces podemos ser víctimas de algo que el otro nos hace o dice con maldad y con voluntad de herir; otras veces nos hace daño involuntariamente; en otros casos teníamos unas expectativas sobre su conducta que no se cumplió (teníamos deseos no expresados o necesidades que esperábamos que el otro adivinara). Sea el motivo que sea uno no tiene por qué quedarse en ese lugar de víctima en el que nos colocó el otro, (o nos colocamos nosotros), sino que puede, y debe, solucionar el dolor o el conflicto cuanto antes.
Para conseguir esto hace falta entrenarse y practicar una nueva actitud hacia nuestras emociones, para distanciarnos de lo que ocurre en ese momento.
Si me cabreo o me siento dolido, o me siento humillado o soy tratado injustamente…lo importante es tomar algo de distancia con uno mismo y poder darse cuenta de lo que está pasando con nuestras emociones, y también con las intenciones o emociones del otro. Muchas veces éste no nos ha hecho nada con deseo de dañar o con voluntad de provocar, sino que se ha limitado a actuar con su manera de ser. Y esa manera de ser puede ser egoísta, o descuidada, o poco empática. O tener un pronto de mal genio. Pero probablemente no sea nada nuevo, sino que sea conocido por nosotros, y en todo caso sea algo que viene en el lote con esa persona con la que hemos decidido relacionarnos.
Por tanto si mi pareja o mi amigo es de una manera, tengo que intentar conocerle, para pedirle que no me haga determinadas cosas que me duelen, y prevenir y limitar lo que sé que no puede cambiar. Y si soy yo el que no pide lo que necesita o desea, tengo que aprender a ser más claro y pedir activamente. Es decir, transformo mi posición de víctima (que es pasiva) en algo activo: le pido (lo que quiero que me haga y lo que no me haga), hablo con él o ella, intento encontrar soluciones, y en todo caso acepto concientemente que si no puede cambiar, no voy a darle demasiada importancia a su forma de ser, que me puede molestar o herir. Voy a aceptar la frustración de mis deseos o necesidades que no puede satisfacer. No voy a sentir que me quiere hacer daño voluntariamente, cuando no sea así, y voy a intentar compensar su conducta, sus carencias o su forma de tratarme.
Si es necesario le voy a poner límites, por ejemplo, alejándome si me daña, o mostrándoselo en el momento, como haríamos si alguien nos pisa sin querer.
Puede ser que creamos que por sentirnos mal podemos tener un poder: el de generar compasión o culpa en el otro…y ese no es el camino para que la cosa cambie.
Ir de víctima, puede ser la manera de llamar la atención del otro, que nos haga más caso, que nos quiera más. Pero al quejarnos y reprochar creamos en el otro una reacción contraria a la deseada; igual ni se lo esperaba, pues no creía habernos hecho nada, o le avergonzamos y culpamos de algo que considera injusto.
Maltrato
Puede ser que estemos atrapados de verdad en una dinámica de maltrato, por temor a perder el amor del otro o su presencia, y aceptemos el sufrimiento inconscientemente. Lo que no tiene sentido es quejarse del maltrato, verse una víctima impotente, y quedarse ahí, jugando un rol de sufrimiento. Es un modo de sentirse desvalorizado, no querido. Hay que identificar esa dinámica y ver si el otro nos quiere herir y nos aguantamos. Por eso es importante luchar contra esa situación y, si no podemos salir solos, debemos pedir ayuda, incluso de un profesional.

Algunas carácterísticas que favorecen la dinámica de maltrato
1.Sentir mucha dependencia del otro.
2.Tener miedo al abandono.
3.Sentirse desvalorizado por el otro y aguantar humillaciones.
4.Tener que ocultar la situación de insultos, amenazas o peleas, para evitar peores consecuencias.
5.Tener la vida muy controlada y no sentir libertad.
6.Sentirse una posesión del otro.
7.Depender económicamente o físicamente.
8.Sentirse culpable por cualquier cosa y justificar el mal comportamiento del otro.
9.Haber aguantado situaciones similares en la propia familia.
10.Creer que queriendo al otro y tolerando la injusticia, la cosa va a cambiar.

En algunos casos se llega a tolerar la agresión física y esa es una señal de alarma gravísima, pero en general es mucho más sutil y se acepta una sucesión de vejaciones, desprecios, rechazos, insultos, descalificaciones…que pueden ir a más.
No tenemos ni que ser víctimas de nadie por su mal carácter, ni tender a “ir de víctimas” como forma de comunicación con otros. Tenemos derecho a ser felices y a disfrutar de una vida sin violencia ni sufrimientos innecesarios. Así que manos a la obra.

escrito en septiembre 2007
publicado en Zero 101

viernes, 5 de diciembre de 2008

Borramientos

Algunos gays buscan relaciones sexuales fugaces (en saunas, parques, aseos, cuartos oscuros), cuyas características principales son el anonimato y la imposibilidad de continuidad. Se evita conocer el nombre, señas, o cualquier dato de las personas que interactuan: no se identifican. El otro es claramente un objeto sexual y nada más.
¿Qué se busca con este tipo de relación? ¿Por qué atrae de forma tan compulsiva a algunos gays? ¿Cómo deja a la persona tras su realización?
Parece que lo que atrae no es solo el placer sexual, que es lo manifiesto, sino algo más que tiene que ver con ese borramiento de identidades. Normalmente se vive en un estado especial de excitación mental, en el que se mezcla la urgencia sexual, la conquista, el riesgo, el poder o control de la situación, la ausencia de afecto...
Se vive el sexo, pero sin que se tengan en cuenta las personalidades de cada uno. Importan más las partes que el todo: un pene, un culo, unas piernas, un pecho, unas manos...pero no una persona completa. El otro está cosificado y se siente un poder sobre él por eso mismo. Con lo que se puede rechazar sin miramientos, se puede usar, se puede mentir basándose en la impunidad del anonimato.
Se da satisfacción a necesidades narcisistas como el sentirse deseado sexualmente, poder usar a otro, tener cierto poder, vivir cierto riesgo.
Para algunos puede ser una especie de adicción en la medida que les hace salir de un estado psicológico angustioso o depresivo. De hecho, personas que han sido abandonadas por sus parejas, o que están pasando una mala racha en otros aspectos de su vida, pueden encontrar refugio en esta actividad, de forma compulsiva, mientras no solucionen su situación interna.
Para otros es un estilo de vida sexual, pues o están metidos en su armario con siete candados (incluso casados) o no quieren compromisos estables o dan salida a su necesidad de conquista sexual fuera de la pareja.
Al ser una actividad sexual de descarga, es gratificante en sí misma, y por lo que describía antes de los aspectos narcisistas, de autoestima. Pero algunos quedan después con una sensación de vacío y de depresión. Esto se debe a que buscaban saciar un estado previo de necesidad afectiva que no se puede satisfacer en estas relaciones (aunque en el momento se pueda vivir una especie de espejismo muy pleno). Y por otro lado está este borramiento de identidad mutuo, que hace sentirse utilizado por otro (aunque haya sido mutuamente buscado y deseado).
La persona se pone en el lugar de ser objeto de deseo, y cuando pasa ese momento no queda más que un recuerdo de alguien que le deseó, pero que casi no tuvo una entidad de sujeto, de persona. Para el que lo vive es como una presencia borrosa de alguien del que no se ha querido conocer voluntariamente su identidad, su historia, sus cualidades personales.
Por todo esto es muy difícil que se encuentre pareja participando de una interacción así. Aunque no imposible, pues en un momento determinado se puede rescatar lo más humano del encuentro y cambiar de registro hacia una verdadera comunicación entre dos sujetos que se han usado, pero que ahora quieren abrir la vía de un posible conocimiento y ver si se gustan, más allá de esa experiencia.
Lo frustrante es buscar directamente pareja así, pues lo normal es encontrar el rechazo a cualquier continuidad, ya sea por estar en su armario o por la necesidad compulsiva, o por que sea un estilo de vida ya arraigado. Lo mejor es ser realista y no esperar nada más allá de ese encuentro fugaz.

Escrito en enero de 2004
publicado en Zero 61

jueves, 2 de octubre de 2008

¡Llamadas!

(Extractos de un diario ficticio)
“Este fin de semana no me llamó nadie. Esperé junto al teléfono recordando escenas de amistad, momentos en los que yo había llamado a otros, que les había ayudado y que sentía que había sido generoso o entregado.
Considero que tengo muchos amigos; que sé cuidarles; que tiendo a escuchar e invito con frecuencia a venir a casa. Me ven como alguien que está disponible, que se puede contar con él, que no cierra las puertas. ¿Por qué no me llaman?
Quizás sea por que les di una imagen de autosuficiencia, de que puedo con todo. O, a lo mejor, es que no he mostrado necesidad y quiero quedar siempre por encima.
De hecho no suelo pedir. Y no pido, no por orgullo, sino, por temor. Temor al “no”. Menuda broma: yo estoy encantado de dar y no paro, pero soy incapaz de pedir (e incluso, sospecho que, de recibir).
Alguno me dice que me ven siempre ocupado. Y eso es verdad. Tengo muchas tareas. Igual lo hago para no pensar mucho en mí mismo. En que me siento un poco solo a pesar de tener tantos amigos, y de hacer tantos planes. Y que no se me da mal eso de ligar. Pero echo de menos algo. Quizás sea vivir que soy imprescindible para alguien. Y no ser uno más del listín telefónico de mis amigos. Que no se acuerden de mi sólo por lo buen conversador que soy, o para ayudarles en una mudanza, o cuando estén deprimidos, o por que no saben con quien quedar para ir al cine.
Me doy cuenta que doy por hecho que me quieren: y es verdad. Pero no me basta. Y no les hecho la culpa, pues si lo pienso bien, yo soy el primero que no me implico del todo. ¿Quién es imprescindible para mí?
¡Joder, que duro me estoy poniendo hoy conmigo mismo! Pero es verdad. Es que estoy harto de esperar, y de que no suceda nada. Igual es el camino equivocado. Esperar. Al menos como yo lo hago: pasivamente y apoltronado en mi verdad de creerme buen amigo de mis amigos. ¿Seré tan buen amigo, cuando no confío en que me van a dar si les pido?
Este fin de semana, les puse a prueba: decidí no llamarles y no llamaron. Si lo pienso bien muchas veces me llaman. Y sé que me quieren. Pero algo tengo que cambiar. Tienen que saber lo vulnerable que me siento a perderles, a sentirme abandonado. Que los necesito más allá de quedar para una salida a tomar copas. Y que si estoy solo probablemente sea porque me da miedo pringarme de verdad, porque me han dado ya algunos palos, y no estoy dispuesto a repetirlos.
De hecho procuro no necesitar a nadie, o al menos que los demás crean eso. Si me dan plantón oculto mi enfado. Si me fallan los planes con alguien, rápidamente lo sustituyo para no sentirme triste. O mejor procuro no hacer planes con nadie e improviso.
Y no me considero hombre de pareja. Muchos conflictos. ¿O es que no me aguanto ni a mí mismo?
Repaso lo que he escrito y tengo la impresión de que tengo más fachada que otra cosa. ¡Qué poco me gusto! Me parece que me voy a llamar a alguien o acabo en la sauna. Tanto da.
No. Mejor me quedo en casa y sigo pensando que algo tengo que hacer con todo esto. No puede ser así semana tras semana. Algo podré hacer conmigo mismo”.

escrito en marzo de 2004
artículo publicado en Zero 67

lunes, 28 de julio de 2008

Decir que no

Algunas personas tienen una especial dificultad para decir que NO y están continuamente cediendo en sus derechos (tiempo, dinero, energía…) simplemente por que se lo piden. El problema es que antes de poder pensarlo ya han dicho que sí, han cedido el terreno, o han dado lo que sea. Sin saber porqué.
Las personas con esta dificultad, generalmente tienen problemas para ponerse en su sitio y valorarse adecuadamente. Les crea culpa no satisfacer los deseos del otro. Sienten que agreden cuando se niegan a dar. O tienen un miedo inconsciente al otro en general, lo que les lleva a intentar agradar como sea, para que el otro no les rechace, les abandone o les ataque…
Antes o después se dan cuenta que no se puede ir por la vida así: Escuchando a vendedores telefónicos que no interesan y accediendo a darles los datos personales cuando lo que se querría es colgar. Teniendo que prestar cosas a un vecino gorrón, que siempre las devuelve estropeadas. Aceptando chantajes emocionales por miedo al abandono.
Para poder sobrevivir con uno mismo, aprenden a justificarse con frases como: “si dejo a mi novio coge una depresión”, “si no le presto la escalera al vecino cualquier día me hace algo en venganza”.
No podemos vivir con ese temor a desagradar, a frustrar los deseos de los demás. Porque antes o después ocurrirá. Con lo cual el límite es mejor ponerlo ya y aprender a decir que no. Cuando uno lo hace, comprueba que es como una liberación increíble el no tener que aguantar a pelmazos, poder proteger su tiempo, o sus cosas, sin temer el abuso de los otros.
Hay personas a las que su desvalorización inconsciente no les permite afirmarse ante los demás, pues éstos siempre son superiores o tienen más derecho que uno. Si lo que sienten es “culpa”, tienen que estar haciéndose perdonar mediante esta renuncia de los derechos propios. Y si lo que tienen es miedo: dan o huyen del contacto de los demás, para no tener que verse obligados siempre a dar. En ese caso no puede haber confianza con nadie, pues se teme que el otro nos arrase o abuse, simplemente porque nos muestre su deseo o su petición.
En casos muy patológicos (es decir que este fenómeno se de constantemente y nos haga muy infelices) está indicada una psicoterapia. Pero en general se puede dar de forma leve o intermitentemente (en una época depresiva por ejemplo) Y tenemos que conocer el mecanismo que opera en nuestro caso (miedo, culpa o desvalorización) para poder comprender el fenómeno y ponerle remedio.
Es fundamental aprender a decir que no. Y siempre es mejor decir “lo pensaré”, para así poder darnos tiempo a rehacernos y apoyarnos en lo que sea (otra persona, una fórmula, un truco o incluso una justificación, como mal menor).
Hay libros de autoayuda que enseñan a librarse de gente que quieren vender algo que no deseamos, o que potencian la asertividad. Pueden sernos de ayuda para automatizar respuestas que nos defiendan tanto de manipuladores que necesiten sacarnos algo, como de nuestros propios impulsos a ceder. También puede ayudar el llevar un registro de situaciones en las que nos hemos visto obligados a ceder, para así poderlo luego revisar y analizar en momentos de mayor claridad.

Enero 2006
publicado en Zero 86

sábado, 31 de mayo de 2008

Irse a vivir juntos

La decisión de convivir no debe tomarse nunca a la ligera, por mucho enamoramiento que se sienta, pues si no se piensa y prepara bien, puede dar al traste con las esperanzas de que esa pareja dure y fructifique con los años. A veces es mejor seguir viviendo cada uno en su casa y darse tiempo para conocerse y adaptarse.

Al enamorarse uno idealiza al otro a partir de unas cuantas cualidades. Pero se quita importancia a otros aspectos que son muy importantes para convivir.

Mientras no se convive la relación se realiza en una sucesión de encuentros que se procura que sean felices, especiales, pero la convivencia implica compartir casi todo el día libre, una mayor dependencia, rutinas. Surgen nuevas responsabilidades como limpiar, cocinar, hacer la compra, el cuidar del otro, o planificar juntos muchas tareas. Y ahí surgen muchas posibilidades de vivir conflictos.

Por eso es necesario evaluar que se gana y que se pierde con la decisión de vivir juntos.

El nidito de amor se puede convertir en una prisión que ahogue y que haga odiar a quien más queremos, pues podemos vivir sus rasgos de carácter y sus hábitos como muestras de desamor. Y no tienen por que ser tales sino que esa persona actúe como era antes de convivir y no esté capacitada para los cambios que se le piden.

Algunas personas han vivido mucho tiempo solas y compartir su espacio les resulta una invasión intolerable. O les cueste mucho cambiar de hábitos: desayunar solos, uso del baño, poner música a su gusto, visitas de amigos o familiares, la decoración de la casa, el uso del teléfono o de la luz. Quizás necesiten tiempo a solas, con sus ritmos y su orden-desorden.

No se puede ir a convivir pensando que el otro se va a adaptar a mí, sino que la adaptación tendrá que ser mutua, y siendo realistas, teniendo en cuenta las características de cada uno, y su historia anterior de convivencias. No es lo mismo el que fue hijo único, que nunca compartió ni su cuarto, o el que tiene mucho egocentrismo y tiende a dominar.

Para algunos es fácil compartir cosas porque no les dan apenas valor. Otros pueden ser supermaniáticos con el cuidado de los objetos, con que nada se manche, se deteriore, o se rompa.

Convivir no se basa solo en un acto de buena voluntad, o de amor, sino que tiene sus propias reglas. Por eso no debe hacerse a ciegas y valorar si ambos van a poder tener mucho respeto al otro (su estilo de vida, sus necesidades, sus gustos), saber lidiar con los conflictos de intereses, ser tolerantes y generosos, y sobre todo dar libertad.

diciembre 2003
publicado en Zero 59

martes, 6 de mayo de 2008

Aceptar ser amados

Muchos gays dicen que no encuentran la persona adecuada de la que enamorarse. O si se enamoran, que la relación no puede durar, porque el interés y la atracción sexual desaparecen enseguida. Y no es porque no se esfuercen en amar a la otra persona, pero no les satisface y lo dejan. ¿Qué puede ocurrir?

Voy a contar el caso de Pedro. Un chico atractivo, con muchas cualidades intelectuales y físicas. Que se desenvuelve bien en el ambiente y no le cuesta trabajo ligar o llevarse alguien a casa. Pero no consigue que sus relaciones duren más allá de un par de meses. Y no deja de intentarlo, pero fracasa siempre. Cree, en el fondo, que los gays no servimos para crear parejas. Y que mejor se dedica a su trabajo, a su casa, a sus amigos. Piensa seguir aprovechando las oportunidades de tener sexo, cada vez que aparezca, pero no piensa ilusionarse de nuevo.

Su infancia fue la de un niño poco atendido por su padre, siempre ocupado en el trabajo y que prefería a su hermano menor, que le parecía más masculino, o al menos que compartía con el padre sus aficiones: fútbol, salir de caza, cosas así. Pedro estaba más apegado a su madre, y con más interés por actividades artísticas, toca un instrumento musical, es más sensible, expresa más sus rabietas y llora con frecuencia. Comparte con la madre ciertas confidencias que esta le hace, debido a su distanciamiento del padre, con el que desde muy pronto dejó de llevarse bien.

Pedro se siente muy obligado a contentar a su madre, y siente que ésta le asfixia un poco con sus exigencias de amor, de dedicación, y que ella está más interesada en sus logros artísticos o escolares, que en lo que verdaderamente le pasa. De hecho, él jamás le dijo que era gay, a pesar de lo mal que lo pasó en el colegio, intentando ocultar lo que sabía desde los 12 años. Por agradarle a ella, intento salir con algunas chicas, así como para ganarse la complicidad de sus compañeros, con los que mantenía cierta distancia emocional.

Pedro siempre se sintió rechazado por su padre y nada comprendido por él, y su madre le resultaba asfixiante. No se sintió, nunca, verdaderamente merecedor de cariño, por quién era, sino exclusivamente por sus logros académicos y por sus cualidades artísticas; y solo por su madre. Esto le llevó a crearse una idea inconsciente de que no merecía la pena intentar una relación duradera de amor con otro hombre, pues antes o después vendría el rechazo o la asfixia. (Se repetiría el rechazo vivido por su padre, o la asfixia y el exceso de demandas por parte de la madre).

Para él se convirtió la vida en un lugar sin posibilidad de recibir un amor reconfortante y placentero, que no implicara demasiados riesgos: el de ser rechazado o abandonado, y el de ser muy exigido. Eso no le impedía intentar enamorarse o amar a otros, pero ¿cómo tener éxito, si en lo más profundo de sus convicciones no podía creer en ello? ¿Si su experiencia, a lo largo de su desarrollo, fue la de que el amor auténtico no es posible?

Para muchos gays que han sufrido una falta de amor y una dificultad para tener una buena auto-estima y desarrollar la capacidad de quererse a sí mismos, es muy difícil el crear relaciones duraderas amorosas con otros hombres. La propia idea de que la homosexualidad es algo rechazable por los demás, les hace también rechazarse ellos mismos, y no esperar vivirla a través de relaciones amorosas duraderas, sino en todo caso a través del sexo, en relaciones sin profundidad afectiva, y muchas veces ocasionales.

Esta falta de creer en el ser queribles por sí mismos, les puede hacer rechazar profundamente la idea de que nadie va a quererles nunca de verdad, y no pueden confiar en encontrar una relación en la que verdaderamente reciban amor, cuidado, dedicación. Lo pueden boicotear, inconscientemente, llegando a provocar el rechazo del otro, de muchas maneras: por su frialdad o su desapego. O siendo ellos mismos los que abandonen precipitadamente la relación en una búsqueda de otra persona más idónea, más perfecta, que les dé algo que, no saben expresar, pero que no es lo que tenían con esta pareja, de la que se han desenamorado enseguida.

El haberse sentido poco amados de pequeños, o poco comprendidos, o incluso rechazados, deja una serie de estragos en la personalidad, entre los que se encuentra esta incapacidad para amar, pero sobre todo para recibir el amor que aunque se les dé, no pueden, inconscientemente, aceptar.

Zero 106
marzo 2008

miércoles, 23 de abril de 2008

¡Lo que tu digas, cariño!

Muchas parejas toman sus decisiones mediante una fórmula que puede ser cómoda durante un tiempo, pero a la larga va a crear diferentes problemas: uno de los dos cede siempre o casi siempre.

La anulación de los deseos y necesidades propios no es la forma de construir una pareja, ya que produce frustración, apatía, desvalorización y pasividad. A la larga mucho resentimiento.

Puede ser que esa apatía o esa pasividad provengan de una auto-desvalorización, lo que hace que uno no se crea con derecho a expresarse o pedir. Pero la frustración de los deseos se queda latente y favorece de nuevo la desvalorización y pérdida de autoestima.

Por supuesto que en una pareja sana hay que ceder, ya que no siempre se coincide en las ideas, necesidades o deseos, pero hay que llegar a esa cesión por consenso, con una actitud justa, sin mucha desigualdad, en la que nadie quede vencido, y que tenga contrapartidas amorosas: Cedo por que me quieren, y porque quiero al otro.

No puedo estar cediendo siempre, empobreciéndome personalmente, y sin recibir a cambio casi nada. La pareja debe ser fuente de crecimiento, de estímulos positivos, de apertura a nuevas posibilidades de expresión del propio ser. Si solamente nos estamos coartando, no vamos a ningún sitio juntos.

Las causas pueden ser el temor al abandono del otro, o a su violencia, o a su carácter rígido o dominante. La tendencia a evitar conflictos, porque no se pueda soportar las tensiones o gritos. O, a veces, es una creencia en que al ceder uno es más “bueno” o más feliz. Pero insisto que no puede ser siempre a costa de uno solo.

Algunos ceden para no tener que mojarse y tomar sobre sí las responsabilidades. Si algo no sale, la culpa será del otro.¡Qué cucos!

octubre 2003
Zero 57


martes, 22 de enero de 2008

Miedo al rechazo

Todos nos auto-observamos críticamente y nos cuestionamos en cada encuentro, pensando en cosas como si tenemos buena presencia, si actuamos bien, o si hablamos adecuadamente. Queremos sentirnos aceptados y buscamos la aprobación de los demás.

Esto se debe a que nuestra identidad y nuestra valoración no vienen dadas por los genes, sino que se constituyen en la interrelación con nuestro entorno familiar y social. No siendo nuestra personalidad tan independiente como creemos.

Cuando hay miedo al rechazo puede haber un exceso de timidez, y de tensión en las relaciones. El encuentro con el otro no es confiado, seguro, sino que implica conflicto, desazón, e incomodidad.

Se le está otorgando más poder de la cuenta. Cualquier opinión o gesto suyo nos afecta; lo vivimos desproporcionadamente. Sea para aceptarnos o rechazarnos.

Esto puede llevar a una entrega servil, a ceder en nuestras opiniones y a no manifestar nuestros deseos. Querer permanecer pasivos, o ser invisibles, y no llamar la atención.

En otros casos la reacción puede ser opuesta y comportarnos agresivamente, irónicos, despectivos, como si no nos importara el otro.

Detrás de esta situación hay una inseguridad, basada en varios factores: Por un lado la desvalorización de uno mismo. Por otro una exigencia desproporcionada de lo que uno tendría que ser y tendría que lograr. Se proyectan estas desvalorizaciones y exigencias en los otros, viviéndose el rechazo como algo seguro.

Es preciso invertir las auto-descalificaciones en que uno incurre y fijarse en las cosas valiosas que se tienen. Aprendiendo a disculpar los propios errores y fallos. No sirve de nada atacarse a uno mismo. Si uno se rechaza a sí mismo, ¿cómo pretender que los otros no le rechacen?

Es difícil dejar de atacarse, pues esa actitud se basa en lo que hacían nuestros padres, y las figuras importantes de la infancia, que nos rechazaban, o que no nos daban cariño.

Debemos apoyarnos en recuerdos y testimonios de otras personas que sí nos valoren, que nos quieran y nos devuelvan un reflejo positivo de nuestra imagen. Para así rebajar ese rechazo interno, y esas exigencias sobre cómo somos. Para poder tomar nuestras cosas con más cariño y aceptación. Proyectando en el otro, en vez de rechazo, simpatía y acogida.

Hay que dedicar energía y tiempo a esta tarea y a cultivar relaciones que nos sirvan para crecer en autoestima y confianza. Poniendo en su justo lugar tanto lo bueno y valioso, como las limitaciones propias, para sentirnos más seguros.

Esa seguridad no va a evitarnos que nos puedan rechazar, pero sí puede evitarnos que sintamos estos miedos injustificados.

febrero 2002

Zero 37

miércoles, 16 de enero de 2008

SMS

Con el uso generalizado del móvil ha aparecido una nueva vía de comunicación con su propio estilo y reglas, y con unas funciones específicas: el mensaje breve o SMS.

Recuerda a veces a los post-it que uno puede dejar a su pareja recordándole algo (“no olvides regar las plantas”) o mostrándole su afecto (“no sé como decirte cuánto te quiero”). Ha venido a sustituir al telegrama o a la postal (“Un recuerdo desde Asturias”).

Es una vía perfecta para pedir perdón, algo que en general nos cuesta mucho (“Perdona por mi cabreo de hace un momento”). Facilitando el dar las gracias (“Me encantó que me llamaras por mi cumple”).

Algunos hasta declaran su amor, introduciendo poco a poco expresiones cariñosas, y un día van y sueltan “te quiero”. O lo dejan entrever mediante su insistencia con mensajes poéticos o chistosos que se cruzan durante horas, en los que apenas se dice nada profundo y que pertenecen al juego infantil de los enamorados.

El SMS traspasa los velos del pudor y eso es mucho, sobre todo para los varones, con lo que nos cuesta expresar los sentimientos, porque no estamos habituados a ello, o porque nos avergüenza, por eso el mensaje de móvil viene a ayudarnos: podemos dejar caer esa nota sobre el regazo simbólico de nuestro amado y éste lo leerá en privado y cuando esté disponible. El móvil es personal a diferencia del teléfono de casa o de la oficina, es un ámbito íntimo que puede eliminar testigos si se quiere. Además el mensaje se recibe en silencio, nos permite reaccionar sabiendo que los demás no son testigos de lo dicho. Podemos releerlo tantas veces como queramos y recrearnos en su contenido. Nos vemos menos vulnerables y expuestos pues al no ser vistos por el que nos lo manda, podemos reaccionar como queramos. Y viceversa el que lo envía puede obviar la reacción del otro y atreverse a enviarlo, escogiendo las palabras precisas.

Nos puede ayudar a recuperar el tono con alguien con quien nos hemos enfadado dejando caer mensajes para ver la reacción del otro. Así sentimos que no se fuerza el reencuentro hasta un momento propicio.

Puede ser ideal para tomar contacto con alguien que hemos conocido una noche y al que queremos ver pero no tenemos un motivo concreto para llamarle. Al menos le damos tiempo para reaccionar y que su respuesta sea más auténtica. No es tan invasor como una llamada. Y si no responde...

abril 2003
Zero 52

martes, 18 de diciembre de 2007

¡Qué horror: Las Navidades!

Cuando nos aproximamos a las fiestas de Navidad y Fin de año, muchas personas entran en un estado de ánimo desalentador y triste. Se les hace un mundo pensar en lo que se les viene encima. Y se les exacerba su estado al ver las calles iluminadas, el gentío en las zonas de compras, las preparaciones navideñas, los recuerdos en la televisión en forma de anuncios o películas...
Las causas de este cambio en su ánimo pueden ser muchas, así como los factores que influyen.
En primer lugar está la supuesta felicidad obligatoria que hay que sentir estos días, y que implica visitar a la familia, y gastar compulsivamente. Se suceden las comidas de empresa, la salida a comprar regalos, la participación en fiestas organizadas, la realización de algún viaje...Todo esto con un ritmo frenético y agotador, que impiden encontrarse con la realidad de uno mismo. Lo que aliena y causa sensación de ser invadido por la realidad circundante que se empeña en llevarnos en volandas como a un pelele.
Para muchos las navidades es el recordatorio de la lejanía familiar, pero lejanía irremediable, por lo que implica el saber que no te aceptan como gay o lesbiana, y que estar con ellos incluye tensión, reproches velados por ser diferente, incomprensión, frialdad o la imposibilidad de incluir a nuestra pareja en la familia.
Para otros es el momento de echar de menos a algún familiar querido o a la propia pareja que se perdió por separación o muerte. En estas fechas se reactivan los sentimientos de duelo, lo que no invita precisamente a estar alegres y festivos. Sentimos el paso del tiempo de forma irremediable: una Navidad más. Eso de que sean fiestas tan “señaladas”, hace que no podamos hurtarnos a ellas. Puedo no celebrar mi cumpleaños, pero no puedo entrar en un agujero negro a mitad de Diciembre y salir el 10 de Enero.
También es momento de hacer balance del año, y eso nos enfrenta a nuestros fracasos, a las oportunidades perdidas, la pareja no encontrada, a la falta de un trabajo adecuado, a los proyectos venidos abajo. Esto lo sabemos todos con la tendencia a los buenos propósitos de principios de año (adelgazar, hacer deporte, llevar contabilidad, empezar un curso de inglés).
Con este ánimo depresivo, muchos ven que todo a su alrededor es pura hipocresía. ¿Qué sentido tiene que nos felicitemos, que la gente aparente tanta bondad y cariño con los otros, cuando el resto del año lo que se vive alrededor es un vacío afectivo?
Y encima hay que gastar y dañar nuestra economía, por encima de nuestros deseos y posibilidades.
¿Algún consejo? La cosa es difícil, pero si te ves así, lo mejor es no favorecer los pensamientos negativos y pesimistas y procurar tener encuentros “verdaderos” con la gente. No desvalorizarse por no tener ánimo para entrar en la vorágine externa. Luchar contra el sentimiento de exclusión por no querer o no poder gastar tanto o presumir de ir a una fiesta fantástica. Lo importante es hacer lo que te pide tu interior y si el sentimiento de soledad se acentúa, compartir estos momentos con amigos verdaderos, que puedan entender que no estás para festejos, pero sí para la relación sosegada.
Quizás volcarse hacia otros de forma generosa, participando de voluntario en alguna ONG, o acordándose de personas que nos necesiten. Pues este ánimo depresivo lleva a un ensimismamiento, que hace olvidarse de los demás. Uno no es el único que sufre, o lo pasa mal. Quizás sea el momento de poner un granito de arena para que la vida sea mejor para alguien más que para uno mismo.
Si se tienen fuerzas.

Diciembre 2003
Zero 58

martes, 20 de noviembre de 2007

¿A casa por Navidad?

La Navidad es una época en la que la pareja gay se pone a prueba. Los diversos conflictos y situaciones familiares que se le pueden presentar obligan a sus integrantes a tener que tomar algunas decisiones: si van de visita a casa de sus padres, dejando sólo al compañero; si van juntos como pareja; si siguen fingiendo que son sólo compañeros de piso o buenos amigos...
Estas decisiones implican a los dos, y no se deben zanjar con: “es mi familia y a ti eso no te incumbe”; pues si que afecta a ambos, y mucho. En un ambiente de diálogo se pueden encontrar las mejores soluciones para cada uno y para la pareja. Teniendo en cuenta que la familia actual es la formada con el otro, y es a la que hay que dar prioridad. Aunque la sociedad no la reconozca. Es la familia de elección ( que se amplia con los verdaderos amigos). Con esta familia es con la que hay que pasar la Navidad, y con los miembros de la familia de origen que nos acepten de verdad y nos quieran.
Todos necesitamos el apoyo de nuestros padres y hermanos, y cuando no se tiene, vamos cojos por la vida, e inseguros, hasta que nos recuperamos de dicha carencia. Por eso es tan difícil prescindir de ellos, incluso cuando nos hacen daño. Tenemos que aprender a crecer siguiendo el propio camino. Aunque les perdamos durante la marcha.
Para muchos gays fue necesario alejarse de la familia para poder vivir su homosexualidad, y es posible que aún no hayan dicho nada en casa. Reencontrarse en familia puede ser fuente de tensión, de nuevas mentiras, de pasar un mal trago, sintiendo que hay que negarse de nuevo; para poder, así, disfrutar de esos “días que hay que pasar en familia”. Obligatoriamente, por que la sociedad presiona para que sea así.
Por eso para mucha gente, gays o no, estos días son deprimentes, pues evidencian un vacío familiar, una falsedad, un desamor, que los hacen insoportables. Sobre todo rodeados de gente que se empeña en que la familia es lo mejor y que eso es lo adecuado y normal.
Un de las políticas típicas en casa es: “mejor que no digas nada de tu vida y pasemos la fiesta en paz”. Esto hace un daño tremendo a la propia autoestima. Hace sentir que uno no tiene los mismos derechos que los demás, que es culpable de algo, y que, encima, les puede hacer daño simplemente “siendo el que uno es”. Por que se ama a otro hombre.
Por eso merece plantearse si ya es hora de salir del armario ante ellos. Que no pase otra Navidad de ocultación y de falsedades. Ya que puede ser preferible ni siquiera ir a ese simulacro de familia feliz.
Por supuesto que no creo que haya que salir del armario en plena comida de Navidad, y menos delante del novio, al que se ha presentado como “un amigo que estaba solo ese día, y me lo he traído”. Habría que hacerlo con tiempo y permitir que la familia reaccione y lo pueda digerir.
Y no estaría de más que este año, si la cena de Navidad o la comida, se hacen normalmente en casa de uno de los hermanos, se propusiera hacerla en la propia casa. No dar por hecho el no. Ni tampoco que les vaya a parecer mala idea. Si es así que se aguanten o que lo digan. Pero no hay que estar considerándose como de una especie inferior, por vivir una forma de relación diferente, que quizás es más amorosa y verdadera que la familia de origen.

octubre 2002
Zero 46

domingo, 16 de septiembre de 2007

Ocultación

Para la mayoría de gays y lesbianas la ocultación de uno mismo se convierte en lo cotidiano, en lo natural; se vive en secreto la atracción por el mismo sexo, se reprime el deseo, se frena la ternura, se representan actitudes con las que no hay una verdadera identificación.
Esta ocultación se inicia en la niñez y continua, cuando se ha salido del armario. Existen muchas situaciones en las que resulta difícil, si no imposible, mostrar lo que uno es ( en el trabajo, con los padres, con extraños). Y la opción por la visibilidad no se hace de una vez y para siempre, sino que se decide continuamente acerca de si compensa o no mostrar abiertamente la propia homosexualidad..
Se nos impone el silencio; o bien una sutil tarea de simulación, que nos obliga a ser actores forzosos, y que nos hace perder espontaneidad y la confianza en las relaciones humanas. Moldeamos un estilo de vida con una división interna entre lo que se puede o no expresar, y esto afecta de forma indeleble a nuestra personalidad, enrareciendo incluso las situaciones en las que deseamos mostrar nuestros verdaderos sentimientos. El hábito de desconfianza y de ir embozados termina impidiéndonos ser realmente como somos. Se llega a no saber lo que realmente se siente.
A veces uno se puede mostrar frío, distante; o al contrario, muy obsequioso y atento con el otro. Otras veces se muestra una actitud autosuficiente: en apariencia no se necesita a nadie, las cosan resbalan, o surge un comportamiento cínico y pesimista ante los problemas de los demás; o se expresa uno de forma poco clara o ambigua.
¿Cuánto de nuestra personalidad ha quedado oculto para siempre? El gay, que ha aprendido a “no comunicarse”, para evitar el insulto, debe desaprender esta actitud de incomunicación, y retomar de nuevo la palabra.
Los lugares de socialización gay, son vías de escape para esta situación, pero la marca ya está impuesta: en lo afectivo, en lo sexual, en el cuerpo.
No sólo es cuestión de poder hablar de nuestra homosexualidad, soltar alguna pluma, o poder ligar; es cuestión de poder abrirnos al otro auténticamente y confiar en que no nos dañará, con actitudes o comentarios, por ser uno mismo.
Revertir tantos años de encubrimiento exige esfuerzo. La desconfianza con la que se vive impide durante mucho tiempo un compromiso real con los demás, no facilita ni la verdadera amistad, ni una relación erótica y afectiva profunda con el otro.
La prueba de fuego se dará en la intimidad: en ella descubriremos si somos capaces de expresar nuestros verdaderos deseos, nuestras necesidades, nuestros intereses y sentimientos.

julio de 2001
Zero nº 30

domingo, 24 de junio de 2007

Cultivar la amistad

Los amigos constituyen un aspecto muy importante de nuestras vidas, que no debemos descuidar. En muchos casos se convierten en nuestra “familia de elección”. Sobre todo para los que han sufrido el ostracismo familiar. En general nos hacen sentirnos valiosos y queridos; nos sirven de compañía, de consuelo, de cuidadores, de consejeros...y nos permiten quererles y compartir la vida.
Por todo esto, y mucho más, es importante aprender a cuidar esas relaciones y si es posible mejorarlas. Una verdadera amistad es un tesoro, irrepetible, inintercambiable, que solo se da, de esa forma, con esa persona concreta. Cultivar la amistad es un arte a desarrollar.
1. La amistad se fundamenta en el encuentro. No hay que retrasarlos demasiado. Como una planta a la que se riega, la amistad tiene su ritmo, y no puede dejar de regarse.
2. Hay que compartir los momentos importantes: alegrías, acontecimientos vitales, duelos, logros... y hacer cosas juntos, aunque sean triviales: ir al cine, o de compras, o salir con la bici. Si es posible, en intimidad, sin otros testigos, para que florezca la vivencia de que se es importante el uno para el otro y se tiene disponibilidad, aunque sea limitada.
3. La sinceridad y el comunicar los verdaderos sentimientos son como el buen clima que necesita para su desarrollo. No se puede mentir al amigo. Destruiría la confianza. E igual si no se le expresa lo que preocupa, lo que se teme, lo que se disfruta.
4. Cualquier pretexto es bueno para hacer una llamada, para mandar una postal (aunque el amigo viva en la misma ciudad), para enviar un mensaje al móvil. Sabrá que pensamos en él.
5. El mayor regalo que podemos hacer a un amigo es nuestra escucha, nuestra constancia, nuestra disponibilidad sin condiciones. Por eso los verdaderos amigos no suelen hacerse regalos excesivos que tienden a deslumbrar o seducir, o que pueden crear una sensación de deuda.
6. El abuso, la utilización, la búsqueda de provecho propio son incompatibles con la amistad. Así como el egoísmo o la falta de generosidad.
7. Tampoco podemos pedir al amigo algo que le obligue a ser injusto, a mentir, a favorecernos indebidamente. Le obligaríamos a vivir el dilema de tener que traicionar a su forma de ser o traicionar a la amistad. Y la amistad implica una ética de respeto absoluto a la libertad y la forma de ser del otro

enero 2005
Zero 75

¿Dónde vamos de vacaciones?

Tomar decisiones es cosa del día a día en la pareja: si se sale el fin de semana, si se va al cine, si se compra un mueble, quién prepara la comida...y esto exige aprender a dialogar y a negociar lo que nos interesa; aprender a reconocer los propios deseos y necesidades, y aprender a expresarlos sin temor.
Algunos delegan ciertas decisiones por pura pasividad. Muchas veces justificándolo en que no tienen preferencia o no tienen tiempo para buscar. Cuando lo que hacen es someterse para evitar conflictos que no saben manejar. Quizás por el tipo de carácter del otro, que pueda ser muy obstinado o agresivo o dominante. Quizás por una actitud de renuncia a los deseos propios por autodesvalorización o por cierto nivel de depresión (que puede estar enmascarada).
En la pareja hay muy a menudo conflictos entre los deseos y necesidades propios y los del otro. Por eso, para que la pareja funcione mejor, es importante reflexionar sobre el nivel de satisfacción de esos deseos y necesidades, para que no sea siempre el mismo el que ceda, o que incluso para ciertas cosas se busque satisfacción por fuera de la pareja.
Si para uno es muy importante irse a escalar montañas y para el otro lo que necesita es refugiarse en una casa de campo, para cocinar, pasear y leer, quizás no puedan pasar todas las vacaciones juntos y tengan que buscarse otros compañeros para sus planes, y reducir a un mínimo común que les permita pasar unos cuantos días juntos.
El sentirse libres para alejarse en vacaciones, oxigena a la pareja y permite que las vacaciones cumplan mejor su objetivo de recrearnos y darnos nuevos bríos para el resto del año. No solo para trabajar sino también para continuar creciendo en la convivencia de pareja.
En la pareja nunca hay que imponer. Y sólo a veces hay que renunciar o ceder. Pero sobre todo hay que hacer sentir al otro que se está juntos para disfrutar de la vida, para crecer, para sentirse mejor que a solas. Y esto es raro que se pueda conseguir con coerciones, o con actitudes muy pasivas.

mayo 2004
Zero 65

Convivencia de vacaciones

Tras las vacaciones de verano aumenta el número de separaciones y divorcios. Se cree que es debido a la tensión que se acumula durante esos días de convivencia forzada, que acaban por dar al traste con esa pareja, ya deteriorada.
El ocio no tiene que relajar ni unir a la pareja, porque no se trabaje. De hecho hay personas que se agobian si no tienen nada que hacer. O que soportan mal la convivencia 24 horas con el compañero o compañera, sin la interrupción que suponía el irse a trabajar. Teniendo que decidir montones de cosas fuera de la rutina habitual (excursiones, compras, salidas, comidas, encuentros o alguna situación difícil como un robo) que ponen a prueba el carácter de ambos, y el encaje entre ellos. La falta de iniciativa, o el ser muy pasivo, o el no tener espíritu de aventura, no tienen por qué crear problemas en el día a día, pero sí en una situación de un viaje de vacaciones.
Para los que no conviven habitualmente, es un momento de prueba, que si no sale bien puede poner en crisis a esa pareja. Y sobre todo a los que viven en ciudades o países separados y cogen con muchas ganas y expectativas ese encuentro veraniego. Si apenas se conocían pueden llevarse una desilusión al ver que las cosas no funcionan como esperaban. Por ejemplo por que al otro le guste disfrutar mirando o coqueteando, por su forma de ser, y se cree una situación de celos.
Irse de vacaciones es fuente de relax si se sabe hacer y si se va a un entorno conocido y con alguien conocido. Lo nuevo siempre crea tensión e incluso miedo. Mejor es no olvidarse de esto y tomarse las cosas con mucha calma y sin crearse unas enormes expectativas .


julio 2004
Zero 67

miércoles, 13 de junio de 2007

Mentiras

Una de las cosas que más daño hacen en la pareja son las mentiras continuadas de alguno de los integrantes. Puesto que llega un momento en que ya no se sabe si algo es verdad o no. Y la confianza se resiente tanto que la convivencia se hace muy difícil.
Esto ocurre mucho con las personas que son adictas al juego, el alcohol o las drogas, o a internet. Están siempre intentando ocultar y ocultarse la gravedad de su problema y la mentira compulsiva forma parte de su enfermedad. Es muy difícil ayudarles precisamente por esa mentira, que nos impide confiar en que nuestra ayuda vaya a servir para algo.
Otras personas son muy fantasiosas y necesitan creerse sus fantasías y hacerlas creer. Mienten para darse importancia, o para ocultar sus fallos y problemas. Para ellas es más importante mantener su precaria autoestima que la comunicación de la verdad y la confianza en su pareja. Tienen tanto miedo al rechazo y al abandono que necesitan estar dando una falsa impresión. Son tan inseguras que apuntalan su identidad a base de esas mentiras.
Cuando es un problema de personalidad, como el que planteo, mejor es buscar una ayuda profesional, pues realmente es una enfermedad.
Otra cosa son las mentiras ocasionales que muchas parejas se hacen para no confesar una infidelidad, o algún asunto que saben que al otro le va a hacer mucho daño o que le va a crear mucha inquietud.
Es verdad que aunque en la pareja debe existir confianza absoluta, no se puede contar todo y a veces, para preservar cierta intimidad personal, o para evitar conflictos, se miente. Pero sería mejor callar algo y no mentir, pues el daño es menor, en todos los sentidos.

abril 2005
Zero 79